Mensaje de Mons. Juan Gabriel Díaz Ruiz, Obispo de Ciego de Ávila. Comentario del Evangelio del domingo 9 de enero de 2022, fiesta del Bautismo del Señor

El bautismo del Señor Jesús en el río Jordán significó el comienzo público y notorio de su misión en este mundo. Hasta ese momento, vivió, durante unos treinta años, lo que algunos autores espirituales han llamado “el silencio de Nazaret”; se trató, por supuesto, de un tiempo de crecimiento y maduración en la intimidad con su Padre Dios, hasta que llegó el día de comenzar el anuncio de la Buena Noticia de la salvación. Juan el Bautista tuvo el privilegio de preparar los corazones de los israelitas para recibir al Salvador del mundo y ver, con sus propios ojos, el cumplimiento de su predicación, cuando vino a él Jesucristo, mientras bautizaba la multitud de los que acudían: “Yo los bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo…Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego.”

A partir de entonces, lleno del Espíritu Santo y apoyado en el Padre, que lo reconoce como su Hijo amado, Jesús comenzó a proclamar la llegada del Reino de Dios y a mostrar, con signos milagrosos y palabras, la realidad de lo que estaba anunciando. Sabemos que el signo supremo, la prueba definitiva de la veracidad de su mensaje, la dio con su Pasión, Muerte y Resurrección, que culminan su misión salvadora en nuestro mundo.

También los bautizados comenzamos nuestro caminar como discípulos del Señor a partir de nuestro Bautismo. Cristo nos hace testigos suyos y nos habilita para que podamos testimoniar con valentía la fe dondequiera que nos encontremos y, por medio del Espíritu Santo, recibido al bautizarnos, le confiere eficacia a nuestras palabras y obras para que toquen el corazón de quienes reciban nuestro testimonio. De esta manera, el Bautismo no solo es el sacramento que nos inicia en la vida cristiana, sino, además, el que, con la gracia que lo acompaña, nos sostiene a lo largo de nuestra vida de fe. La Fiesta del Bautismo del Señor es una magnífica oportunidad para que renovemos nuestros compromisos bautismales y reafirmemos la promesa de procurar ser obedientes y prontos en el seguimiento de las inspiraciones del Espíritu Santo, con el cual fuimos ungidos el día de nuestro bautismo.

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