Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, Obispo de esta diócesis que abarca los territorios de las provincias civiles de Pinar del Río y parte de Artemisa. Soy pastor de todos.
Hoy el Evangelio nos lleva a una boda. Será el escenario del primer milagro de Jesús, aunque Él consideraba que “aún no había llegado su hora”; y desde aquí, el evangelista San Juan ofrece su relato evangélico. Todo cuanto él ha recogido sobre Jesús, tiene como finalidad llevar al lector a la contemplación de la entrega suprema de Cristo, verdadera «hora» en la que el Señor dará por terminado cuanto el Padre le había confiado: «todo se ha cumplido» (Jn 19,30). Por eso Jesús se resiste a que nadie modifique su «horario» redentor. Se explica así que en el relato de las Bodas de Caná, Jesús diga a su Madre: «¡Mujer! ¿Qué tiene que ver eso con nosotros? Mi hora no ha llegado todavía.» (Jn 2,4). No es un desprecio del Señor hacia María, sino una afirmación que El hace de la absoluta primacía de las cosas de su Padre a las que se dedicará antes que a nada.
Sin embargo, Jesús revela su gloria y los discípulos creen en Él. El milagro tiene lugar por iniciativa de María, pues expone a Jesús la necesidad en la que se encuentran los nuevos esposos. ¡La Madre siempre atenta a las necesidades de sus hijos!
Ella se da cuenta de lo que estaba ocurriendo y hace de su descubrimiento una petición a su Hijo. A pesar de la respuesta de Jesús, manda a los servidores: «Hagan lo que Él les diga».
Les propone lo que en el fondo ha sido su vida desde que decidió que en Ella se cumplieran los planes de Dios: «Hágase en mí según tu Palabra». Ella propone a los otros algo que no le es extraño, que es la entraña de su actitud ante Dios.
Con estas palabras María nos invita también a nosotros a ponernos a la escucha de Jesús con la certeza de que Él siempre tiene algo que decirnos.
¡Y así ocurrió en Caná! Aconteció la sobreabundancia de vino, anticipo de la alegría por el encuentro de Dios y del hombre.
¿Cuál es el vino que nos falta en nuestro mundo? ¿El vino de la paz, el de la ternura; el vino de la fe, de la esperanza y del amor; el vino de la verdad…? Cuando faltan estos vinos, la vida se «avinagra». Surgen los intereses partidistas, los chanchullos económicos, las frivolidades vacías, la mentira como herramienta de comunicación, el relativismo moral, la violencia y el terror.
María vio la carencia en la boda, la hizo suya solidariamente, y se puso manos a la obra. No se quedó en relatar lo que sucede y lamentase por lo que falta o va mal. Darse cuenta del «vino» que nos falta, arrimar el hombro en lo que de nosotros depende, teniendo en la Palabra de Jesús nuestra fuerza y nuestra luz. Esto fue Caná. Esta fue María. Termina el Evangelio diciendo que «los discípulos creyeron en Él» (Jn 2,11). El final es que habiendo vino, hubo fiesta, y los discípulos viendo el signo, el milagro, creyeron en Jesús.
Necesitamos milagros de «vino»; el mundo necesita ver que los vinagres del absurdo se transforman en vino bueno y generoso, el del amor y la esperanza, el que germina en fe. Hay un brindis pendiente siempre. Que sea con vino como el de María en Caná.
Que María de la Caridad, interceda por nosotros y nos ayude a hacer siempre lo que Dios nos pide.
