Mensaje de Mons. Juan Gabriel Díaz Ruiz, obispo de Ciego de Ávila. Comentario del evangelio del IV domingo del Tiempo Ordinario, 30 de enero de 2022

Ante Jesucristo nadie puede permanecer neutral. Hasta la indiferencia hacia su persona y mensaje significan ya una toma de posición: “El que no está conmigo está contra mí”, dijo el mismo Jesús en una ocasión. Como ocurre con las grandes figuras de la Historia, encontraremos partidarios y detractores, aunque en este caso los debates son más encendidos porque la propuesta del Señor no trata sobre el cómo organizar la vida social o económica, sino va mucho más allá de esto, porque se refiere al fundamento del sentido de la existencia humana y al destino final de la Humanidad y el Universo. No es de extrañar, entonces, el apasionamiento de unos y otros, algo que Él sabía de antemano y nos permite interpretar bien la frase, en apariencia contradictoria, que pronunció ante sus discípulos: “He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!”.

El domingo pasado comentábamos cómo este episodio de la visita de Jesús a la sinagoga de Nazaret, el pueblo donde se había criado, el evangelista San Lucas nos lo propone como un pasaje ejemplar, es decir, que simboliza y condensa lo que después el Señor irá experimentando en su ministerio público: así como en su pueblo natal encontró aprobación y admiración por sus palabras llenas de sabiduría, al mismo tiempo que sospecha y duda (“¿acaso no es éste el hijo de José?”), y las cosas llegaron al punto de que quisieron matarlo; de este mismo modo, a lo largo de su predicación sus oyentes no fueron indiferentes a Él ni a sus enseñanzas. En los evangelios encontramos abundantes ejemplos de estas actitudes opuestas, y el final de su vida, condenado injustamente y crucificado, es la prueba fehaciente de que, ante Jesús, nadie se mantuvo pasivo, además de que Él mismo puso condiciones muy exigentes a quienes pretendiesen seguirlo: “Quien no carga su cruz y viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío”.

Una consecuencia lógica de lo anterior es que sus discípulos, en tanto y en cuanto su ideal de vida no es otro que el de parecerse a su Maestro, también soportarán estas mismas tensiones, que van desde la aceptación hasta el rechazo categórico e, incluso, la persecución. Ésa ha sido la experiencia continua de la Iglesia a lo largo de estos dos milenios de existencia, también en el momento actual. ¿La actitud de Jesús?, pues proclamar su mensaje sin descanso, con independencia de las reacciones de quienes lo escuchaban, porque lo que sí no podía hacer Él, ni tampoco nosotros, era callarse la Buena Noticia de la salvación. Que el Espíritu Santo nos fortalezca en la fe para que seamos valientes y perseverantes testigos de Cristo dondequiera que nos encontremos.

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