Mensaje de Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, obispo de Pinar del Río. Comentario el evangelio del VI domingo del Tiempo Ordinario,  13 de febrero de 2022

Queridos hijos e hijas, soy monseñor Juan de Dios, obispo de la diócesis de Pinar del Rio y pastor de todos.

El pasaje que ahora consideramos consta de tres secciones bien diferenciadas: la multitud que converge a Jesús, buscando sanación y liberación de sus males, Jesús les proclama las bienaventuranzas como anuncios de bendición y los “ayes” como anuncios de juicio.

Atrapados entre la pobreza y el abandono, entre la injusticia y toda suerte de adversidades, el pueblo de Israel anhelaba un tiempo nuevo, una intervención salvadora de Dios.

Es dentro de ese marco dramático y tenso, entramado entre la desesperación y la esperanza, que hay que entender las bienaventuranzas de Jesús. Pues ese es el contexto histórico que nos explica por qué las multitudes llegaban hasta él, miles esperando ser asistidos en sus sufrimientos, curados de sus enfermedades y consolados de sus esperanzas rotas y apagadas.  

Por eso Jesús les habló claro, abriéndoles caminos de esperanza. Vino a encender la fe del pueblo humillado y sufriente. Vino a despejar el horizonte lleno de nubes de duda y de aflicción. De sombras acumuladas por décadas y siglos sobre un pueblo nutrido de leyendas de promesas, de paz y de gloria, pero abrumado ahora con un presente de sometimiento y de oprobio.

En efecto, para que vuelva a latir fuerte en los corazones la promesa, Jesús les proclama las “bienaventuranzas” que no son más que las misericordias prometidas de Dios, las que anuncian a los pobres el Reino, a los hambrientos la abundancia, a quienes sufren el consuelo y la alegría, y a los maltratados y humillados la justicia que viene sobre el mundo.

Por eso, la palabra de Jesús no solo llega para consolar sino también para advertir. Entonces pronuncia los “ayes.” Proclama que el día de la justicia se acerca para quienes disfrutan de su riqueza en medio de tanta pobreza, de la abundancia en medio de tanta necesidad, de celebraciones en medio de tanto dolor. Y del prestigio y la fama en medio de tantos humillados y excluidos.  

Hoy, luego de casi dos mil años, como aquellos judíos, de nuevo venimos nosotros al Salvador buscando consuelo y esperanza, justicia y paz. Y más aún

quienes nos vemos a menudo enfrentados a nuestros propios dramas personales, sociales, comunitarios. Aquellos que, aun si parecen menores frente a los dramas de otras personas, son nuestros y nos resultan más que suficientes. Por ellos también venimos al Señor, y buscamos su mano sanadora y su palabra de esperanza.

Y no venimos en vano. Porque él llega una y otra vez cuando lo buscamos de corazón. Y nos renueva desde dentro, y nos impulsa y nos levanta. Y nos hace ver lo que no veíamos, un horizonte nuevo. Y nos abre caminos.

Y esto a pesar de todos nuestros pesares. Porque, como escribía Jean Vanier: “Somos llamados a descubrir que Dios puede aportar paz, compasión y amor a través de nuestras heridas.”

En efecto, la fe que alumbra en la oscuridad es la mejor respuesta a esa voz que nos llama primero, que se acerca a nosotros cuando nos sentimos tan solos, por más rodeados de gente que estemos. Es la que abre surcos en la tierra oscura de nuestras vidas y la siembra con la luz de las bienaventuranzas.

Es así que, hoy como ayer, de nuevo viene nuestro Jesús, el Señor de todos y para todos. Y nos dice que él está aquí, que no estamos solos, que es posible una vida mejor. Y nos recuerda, además, que esta vida que pasa está llamada a florecer en otra más hermosa.

Y nos convoca a la fe solidaria, al amor esperanzado que nos hace saber que nuestra perseverancia no es en vano. Es el amor redentor de Jesús que da sentido a todas sus bienaventuranzas: que nada impedirá la llegada a nuestro mundo herido de un mundo mejor para todos. Cuando todos celebremos la vida en la tierra de la promesa.

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