Así como en el Evangelio según San Mateo encontramos el conocidísimo Sermón de la Montaña, o de las Bienaventuranzas, según se prefiera; también, en el Evangelio de San Lucas, con algunas modificaciones, se nos presenta la enseñanza de Jesús, aunque en una llanura junto a la montaña. Ambos escenarios nos remiten, de inmediato, a los acontecimientos del Libro del Éxodo, cuando Moisés bajó del Sinaí con las tablas de la Ley, después de haberse encontrado con Dios, para instruir a los israelitas. Esta referencia es un modo muy sugerente, utilizado por ambos evangelistas, para indicarnos que las enseñanzas que el Señor va a pronunciar constituyen el fundamento de la fe cristiana, así como las de Moisés lo fueron para el pueblo de Israel; aunque en nuestro caso existe una diferencia decisiva: Jesucristo es el Hijo de Dios, por tanto, mucho más que un profeta, mucho más que Moisés. Éste es el marco de referencia en que debemos situar el evangelio de hoy.
Lo primero que salta a la vista es que tenemos dos partes bien diferenciadas: las bienaventuranzas y lo que algunos llaman maldiciones, aunque en realidad son lamentos, iniciados con la exclamación ¡ay! Es necesario aclarar que ambas partes indican una situación futura o, mejor dicho, el estado de las cosas cuando Dios intervenga, al final de los tiempos, para instaurar definitivamente su Reino. Por consiguiente, el mensaje, tanto de las bienaventuranzas como de las lamentaciones, indica que el cambio radical no será obra de los seres humanos, sino fruto de la intervención del Señor; de ahí que se pueda llamar “dichosos” a quienes, según la lógica humana, tendríamos que considerar infelices o desgraciados y, por el contrario, mirar como dignos de lástima a quienes parecieran ser los exitosos y vencedores en el mundo.
Sin duda que este pasaje evangélico nos obliga a cambiar nuestro modo de pensar y de ver la realidad de la vida, porque nos afirma que, incluso contra toda apariencia, la última palabra la tiene Dios. Aunque las situaciones de la vida personal o del mundo parezcan inclinar la balanza hacia quienes tienen poder, fuerza o riqueza, nunca desaparecerá la esperanza firme de que el Señor sigue actuando para que, cuando llegue el momento dispuesto por Él, se haga realidad la plenitud de su Reino de paz, justicia y amor; aunque no alcancemos a comprender –a causa de nuestra limitación humana– el cómo de esa presencia activa y constante de Dios en la historia humana y en la totalidad del Universo.
Una conclusión apresurada –y totalmente errónea– que pudiéramos sacar de lo anterior es que deberíamos cruzarnos de brazos, tener paciencia y esperar la intervención divina que pondrá las cosas en su lugar. Pero nada más lejos de la enseñanza de Jesús, tal como veremos en la continuación de este evangelio, el domingo próximo.
