Mensaje de Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, obispo de Pinar del Río. Comentario del evangelio del VII domingo del Tiempo ordinario, 20 de febrero de 2022

Queridos hijos e hijas: Soy monseñor Juan de Dios, obispo de esta diócesis que comprende la provincia de Pinar del Río y parte de Artemisa; soy pastor de todos.

A lo largo de nuestra vida son muchas las enseñanzas que recibimos, que aprendemos o adquirimos. Algunas por la experiencia, otras por los errores o por pruebas y otras por medio de una persona, que puede ser nuestro papá o nuestra mamá, nuestros abuelos, nuestros profesores, etc.

En el Evangelio de hoy Dios desea darnos un elenco de enseñanzas fundamentales para nuestra vida. Como maestro y amigo, desea sanar y educar nuestro corazón, que conoce perfectamente, y por ello quiere dejarnos estas instrucciones en el amor. Éste es su fin como nuestro maestro: «que lleguemos a ser compasivos como nuestro Padre es compasivo», es decir, ser transformados en Él, porque sólo así llegaremos a amar como Él, hasta el extremo, incluyendo a nuestros enemigos.

En nuestra sociedad, amamos a los que nos aman; hacemos el bien a quienes nos lo hacen y préstamos a quienes sabemos nos lo van a devolver. Una conducta muy razonada, que no compromete en nada. Pero obrando así, ¿qué es lo que nos distingue de los que no tienen fe? Al cristiano se le pide un «plus» en su vida: amar al prójimo, hacer el bien y prestar sin esperar recompensa, pues eso es lo que hace Dios con nosotros, que nos ama primero para que nosotros le amemos.

Tenemos que adelantarnos a hacer el bien, para despertar en el corazón de los otros sentimientos de perdón, de entrega, de generosidad, paz y gozo; así nos vamos pareciendo al Padre del cielo y vamos formando en la tierra la familia de los hijos.

Es darse a sí mismo, dar el corazón, precisamente a los que no nos quieren, que nos hacen mal, a los enemigos. Esta es la novedad del Evangelio. Jesús nos muestra que no hay mérito en amar a quien nos ama, porque eso también lo hacen los pecadores. Los cristianos, sin embargo, estamos llamados a amar a nuestros enemigos, a hacer el bien y prestar sin esperar nada a cambio, sin intereses, y la recompensa será grande.

Jesús nos invita a sacar lo mejor de nosotros mismos y nos lleva a salir de nuestra zona de confort. No porque nos quiera «complicar la vida», sino porque sabe que estamos hechos para amar y sólo en el amor encontramos el sentido de nuestra existencia. Por tanto, nos invita a amar, no a medias, no solamente con una parte de nuestro corazón, sino en totalidad.

Nuestro espíritu está hecho para alturas mayores. Jesús nos enseña que con su amor podemos amar a quien nos persigue, podemos mirarle con los ojos amorosos de Dios del mismo modo que cada uno lo ha experimentado en su propia carne pecadora.

Siempre podremos justificar nuestro odio, nuestro enfado. Pero Jesús es el primero que nos ha perdonado y quiere que seamos canales de su misericordia para con sus hijos extraviados que en el mundo difunden el odio. San Juan de la Cruz dice que pongamos amor donde no hay amor, y que encontraremos amor.

Amar sin esperar nada a cambio es una locura, pero esta es nuestra fe.

Que Dios Todopoderoso, rico en misericordia y perdón, por intercesión de María de la Caridad mire nuestra torpeza para amar, nuestra poca generosidad en la entrega y nuestra dificultad a la hora de perdonar. Y que nos concedas un corazón misericordioso que se compadezca de las necesidades de nuestros hermanos.

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