El Miércoles de Ceniza hemos iniciado el santo tiempo de la Cuaresma; cuarenta días en los cuales los cristianos, imitando al propio Jesús que pasó este tiempo en el desierto, como nos dice el evangelio de hoy, nos esforzamos con mayor intensidad en la oración, el ayuno, la penitencia por nuestros pecados y la práctica de las obras de caridad. Es un camino que también recuerda los cuarenta años que el pueblo israelita peregrinó por el desierto antes de llegar a la Tierra prometida.
La Cuaresma, por tanto, está llena de referencias muy profundas e importantes para los creyentes: nos recuerda que la vida del cristiano es un camino, un peregrinaje hacia el encuentro con Dios, y que dicho camino es siempre suave y fácil, por el contrario, durante el trayecto enfrentaremos, por ejemplo, las tentaciones que nos incitan a buscar vías engañosamente más fáciles y gratificantes para nuestra vida. Por este motivo, en este primer domingo cuaresmal el evangelio escogido es el de las tentaciones de Jesús en el desierto. Si nos fijamos en los detalles de este pasaje evangélico, nos daremos cuenta de que las tentaciones de Satanás son las mismas que se le irán presentando al Señor durante su predicación del mensaje de salvación, y que Él supo enfrentar del único modo eficaz que existe: la fidelidad total la voluntad del Padre. Aquí tenemos, pues, una lección fundamental para nuestra vida de fe.
La primera tentación le sugería utilizar el poder que tenía por ser el Hijo de Dios, para su propio beneficio. La respuesta de Jesús no se hace espera: su alimento es cumplir la voluntad de su Padre, o como dijo en otro momento, no he venido a ser servido, sino a servir, y a dar la vida como rescate por muchos.
La segunda tentación pretende hacerlo caer en algo que, quizás, es lo más atrayente para cualquier persona: el poder y la riqueza. De nuevo, el Señor rechaza la propuesta y reafirma su deseo de salvar la Humanidad entregando la vida por todos en la cruz, en fidelidad a la voluntad de su Padre, y no apoyado en los medios aparentemente muy eficaces del poder, la riqueza o la violencia. Una tentación muy sutil, pero que constantemente se nos atraviesa en nuestro camino.
La última tentación apunta a la búsqueda de lo espectacular, de lo maravilloso y de aquello que hace mucho ruido. Sin duda que el afán de notoriedad, la búsqueda del aplauso y la aprobación de las muchedumbres y el deseo de ser el centro de atención, hoy, probablemente más que nunca antes, nos tientan sin descanso, o, sino, démonos un paseo por las redes sociales. Jesucristo rechaza de plano esta tentación maligna, también en el momento terrible de la cruz, cuando sus enemigos le gritaban burlona y desafiantemente para pedirle un milagro: Si eres hijo de Dios, baja de esa cruz.
Una última precisión: no estamos solos en nuestro caminar, el Espíritu Santo, como se nos dice que hizo con Jesús, nos va también levando de la mano. Si confiamos en su guía, podremos vencer los tropiezos del camino. Que esta Cuaresma nos ayude a crecer en obediencia y fidelidad a sus inspiraciones.
