Queridos hijos e hijas: Soy monseñor Juan de Dios, Obispo de esta diócesis y con alegría me dirijo nuevamente a ustedes. Soy y me siento pastor de todos.
Hoy escuchamos el evangelio de la transfiguración. Los hechos ocurren en el Monte Tabor. La montaña es el lugar perfecto para los acontecimientos importantes.
Dios toca la montaña, que se ilumina y enciende. Como en el Sinaí, pero sin estrépito y sin miedos, todo con paz y con gozo. La Nube del Espíritu envuelve a los presentes, penetrándolos. El Padre presenta al Hijo amado, la Palabra que debe ser escuchada. Y el Hijo está transfigurado, repitiendo el Abba (Papaíto). Moisés y Elías representan la Ley y los Profetas. Todo el Antiguo Testamento cede el puesto a Jesús. Él es la nueva ley, la gran Palabra, el Testamento definitivo. Pero una ley, una Palabra y un Testamento que serán sellados en la propia sangre.
Dios lo hizo en el pasado, ahora es Jesús quien ofrece a sus discípulos una hermosa experiencia de luz, de encuentro trascendente y de gloria. Habían escuchado de labios del Maestro que tenía que sufrir y ser condenado a muerte. Noticia triste y decepcionante. La experiencia de la montaña era necesaria para recuperar la esperanza. El diálogo de Moisés y Elías con Jesús es el resumen de la historia de la salvación que culmina con la entrega de Jesús en Jerusalén y su victoria sobre la muerte.
Los tres discípulos no se enteran mucho, están como embriagados de felicidad y les da pena que aquello se termine. Sin embargo, una marca les queda en el alma; la recordarán en su momento.
La propuesta de Pedro de hacer tres tiendas nos recuerda momentos de nuestra propia vida en los que nos hemos encontrado felices envueltos por la presencia del Señor. Momentos que recordamos en nuestro itinerario de discípulos. Las manifestaciones de Dios en nuestra vida necesitamos revivirlas, gozarlas y actualizarlas. Pero debemos estar atentos para no instalarnos y caer en la tentación de quedarnos en las pequeñas chozas del propio egoísmo. Para superarlo siempre estaremos atentos a la Voz desde la nube: Mi Hijo elegido, escúchenlo.
Necesitamos estas experiencias del Tabor, aunque sean pequeñas y sencillas. Necesitamos que Dios se haga sentir de algún modo, para que la noche no se prolongue con exceso o la dureza del camino no se haga insoportable.
Necesitamos la presencia del Padre: su mano protectora sobre nosotros, que nos envuelva en su regazo, que conteste nuestra llamada, que nos hable de su Hijo, que nos diga hijos, y ya no tendremos más miedos.
Necesitamos la presencia del Hijo: que nos dé la mano y nos ayude en el camino, que nos dé el alimento de su Palabra y de su Cuerpo, que lo sintamos cerca y lo veamos en los hermanos, y ya no dudemos de su verdad, de su amor y de su gracia.
Necesitamos la presencia del Espíritu: que nos envuelva y nos penetre, que nos empape, que nos haga rebosar de alegría, de fuerza, de libertad interior, que aliente y fecunde toda nuestra vida.
Gracias, Señor, por las veces que me has acompañado en mi camino. Por las veces que me has invitado a subir a la montaña. Esos momentos me han dado fuerzas para comprender y fortalecer mi vocación de discípulo. Y también me has mostrado que hay que bajar de la montaña y descubrir tu presencia en tantos lugares y personas que a veces pasan desapercibidos. Escuchar tu Palabra es escuchar el grito de tantos hermanos que viven en la cuneta de la vida. Ayúdame a estar despierto y a no mirar para otro lado.
Qué María de la Caridad nos acompañe siempre.
