Para poder entender a fondo el mensaje del evangelio de la Transfiguración de Jesús tenemos que leer el episodio anterior, sobre todo el versículo 2 del capítulo 9 del evangelio según San Lucas, donde el Señor, por primera vez, luego de la confesión de fe de Pedro, anuncia lo que sucederá cuando lleguen a Jerusalén: sufrirá mucho, será rechazado, va a morir y resucitará al tercer día. Proclama, de antemano, su Pasión, Muerte y Resurrección; cuya celebración solemne tendrá lugar en la próxima Semana Santa y para la cual nos estamos preparando en este tiempo de Cuaresma.
El episodio de la Transfiguración está lleno de símbolos muy frecuentes en toda La Biblia que intentan expresar la experiencia estremecedora del encuentro del ser humano con Dios. Montaña, nube, voz que se escucha sin que se pueda ver los rostros de quienes hablan; todos ellos nos remiten, en particular, a Moisés y el pueblo de Israel, cuando Dios les habló durante el Éxodo. Moisés, quien recibió del Señor las tablas de la Ley, es el representante de todo el conjunto de los mandamientos y preceptos divinos, fundamento de la vida del pueblo israelita. Elías, el gran profeta, simboliza la totalidad de las enseñanzas con las cuales, a través de los profetas, Dios fue instruyendo a su pueblo. Ambos, Ley y profetas, son los dos bloques principales que forman La Biblia en el Antiguo Testamento.
Ahora podemos comprender, con mayor claridad, el significado de la Transfiguración: Jesús, antes de dar su vida en la cruz, quiere preparar a sus discípulos para ese momento tremendo y, al mismo tiempo, decisivo, para la Historia de la Salvación. Sabe muy bien que la fe de sus discípulos no es firme y está permeada por esperanzas e ilusiones que nada tienen que ver con la misión para la cual Él ha venido al mundo; por esto, necesita fortalecerla y purificarla. De modo que les revela su verdadera identidad, no ya con palabras, sino con la experiencia directa de su condición de Hijo de Dios, del Elegido. Con esto les muestra que todo lo que sucederá en Jerusalén no será fruto de la fatalidad ni, mucho menos, un fracaso, sino que está absolutamente, en las manos de Dios y forma parte de su voluntad de salvación a favor de la Humanidad. No por casualidad, el Señor escogió a Pedro, Santiago y Juan; ellos, según los evangelistas San Marcos y San Mateo, estuvieron muy cera de Él en el momento amargo y terrible del Huerto de los Olivos.
Las experiencias dolorosas de la vida pueden, a menudo, descorazonarnos y llenarnos de pesimismo; pero el recuerdo vivo de nuestros encuentros con Dios nos da nuevas fuerzas y reavivan la fe. Que este tiempo de Cuaresma nos sirva para mantener presente el recuerdo agradecido de la presencia del Señor en nuestra vida y nos ayude a mantener la fidelidad a Él, aun en medio de las contrariedades y fracasos en la vida cotidiana.
