Comentario de Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, obispo de Pinar del Río, al evangelio del domingo 20 de marzo de 2022 III de Cuaresma

Queridos hijos e hijas: Soy monseñor Juan de Dios, Obispo de esta diócesis y pastor de todos.

Avanzamos por la cuaresma y llegamos al tercer domingo con un texto sorprendente que nos recuerda la necesidad de conversión. Convertirse es replantearse seriamente cuáles son los cimientos de mi vida, de dónde saco el sentido de vivir. Descubrir en Dios y en su amor, manifestado en Jesucristo, el camino de la felicidad auténtica.

Hoy de nuevo encontramos a Jesús en una situación complicada donde se esperan de él respuestas arriesgadas y acusadoras. Surge la pregunta: ¿quién es el responsable de todo lo que sucede? Y la respuesta del Señor desconcierta a los oyentes: tales sucesos no son voluntad de Dios. No es cuestión de pecadores o no. Su propuesta va más allá, y pone como ejemplo la higuera que lleva años sin dar frutos. Dios es paciente, pero exige frutos.

Cristo desenmascara una preocupación presente en muchos hombres de nuestro tiempo. Y es la de pensar que los sufrimientos de la vida tienen que ver con la amistad o enemistad con Dios.

¿Acaso los miles de personas que mueren en guerras y acciones terroristas padecieron de esa forma porque eran más pecadores que nosotros? Por supuesto que no, pues Dios no es un legislador injusto que castiga a quienes pecan. Podemos pensar que si este vecino tuvo que cerrar su negocio fue por ser egoísta y abusador con los demás, o expresar: ¿Por qué esta persona que es tan buena, tuvo esta desgracia? En fin, debemos dejar de calcular cómo están los demás ante Dios e interesarnos más por nuestra propia conversión. Dios puede permitir una gran cantidad de sufrimientos en una familia para hacerles crecer en la fe y confianza con Él, pero no por eso quiere decir que Dios está contra ellos.

Dirijamos a Dios nuestra vida y preocupémonos más por nuestra propia conversión. La lección de la parábola es clara. No se trata de aparentar o verse bien, sino haber producido los frutos de acuerdo al plan de Dios.

Dios nos habla a través de los acontecimientos de la historia. Los cristianos vivimos en este mundo con sus éxitos y con sus culpas. Nuestra tarea es leer los acontecimientos desde el Evangelio de Jesús. Es el mejor filtro. Y siempre debemos estar atentos y dispuestos a cambiar aquello que no sintoniza con el Evangelio. La parábola de la higuera nos urge a hacer un serio examen de conciencia sobre los frutos que ofrecemos. Una Iglesia y una comunidad que no dé fruto no tiene razón de ser.

Lucas coloca, junto a la primera escena, tan exigente, una parábola muy tierna. El dueño de la higuera hace cálculos con sentido común, como hombre de negocios que es, y quiere cortarla. El encargado del campo, en cambio, se muestra más paciente, dispuesto a trabajar más de lo normal por aquella higuera improductiva. Se le nota el oficio, de enamorado del campo y de las plantas que cuida; no le resulta indiferente aquella higuera, no es para él solo un negocio, es parte de su vida y no quiere que se la quiten tan fácilmente.

Dios es así: exigente porque nos ama inmensamente, porque somos parte preciosa de su corazón, porque hace muchísimo por nosotros y por nuestra felicidad.

Esta cuaresma, sentémonos a pensar qué quiere decir para cada uno «convertirse» y pongámonos a ello. Él está cuidándonos para que demos fruto abundante. Pensemos en este día cuáles son los talentos que tenemos y de qué forma podemos ponerlos al servicio de los demás. Ellos han sido puestos en nuestra vida para que demos frutos cuantiosamente.

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