Mensaje de Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, Obispo de Pinar del Río. Comentario del evangelio del Domingo de Ramos, 10 de abril de 2022

Queridos hijos e hijas: Soy monseñor Juan de Dios, Obispo de esta diócesis y pastor de todos.

El evangelio que se proclama hoy en la celebración eucarística es la Pasión de Cristo, tomado del evangelista San Lucas, sin embargo, por cuestiones de tiempo, hemos escuchado la entrada de Jesús en Jerusalén, según San Mateo, pues hoy vivimos el Domingo de Ramos.

Con la celebración de hoy damos inicio a la Semana Santa de este año 2022. Gracias a Dios hemos vuelto a la normalidad de nuestras vidas y podemos acercarnos al templo durante estos días tan especiales.

El Domingo de Ramos es un día donde los sentimientos se encuentra: Jesús entra en Jerusalén y es aclamado por el pueblo que lo reconoce como Rey, descendiente de la Casa de David. Lo esperan y acompañan en el camino hacia la Ciudad Santa. Sin embargo, también es un día en el que escuchamos la lectura de la Pasión del Señor, porque el reino de Cristo no es de este mundo, y a él se llega pasando por la experiencia de la entrega total a Dios. La Cruz es nuestra escalera para alcanzar la resurrección.

Tras la entrada en Jerusalén, llega “la hora del poder de las tinieblas”. Los acontecimientos van sucediendo. Jesús se dispone a celebrar la ÚLTIMA CENA junto a sus discípulos, una cena que es un resumen de lo que ha sido la vida de Jesús y un anticipo de su muerte. La oración en Getsemaní precede al arresto del Señor y a las negaciones de Pedro. La crucifixión y muerte del Hijo de Dios están llenas, por su parte, de perdón y misericordia.

En el día de hoy recibimos una catequesis por parte de Jesús centrada en que “el Mesías tenía que padecer”.  La Semana Santa así nos lo recuerda: “El Salvador padece para que el hombre doliente se salve. Es un tema a meditar. Cristo podría haber escogido otra vía para la salvación de la humanidad, sin embargo, ha hecho opción por el camino del dolor, del fracaso aparente, de la humillación y la derrota, de la vergüenza y el sinsentido, es decir, el camino de la cruz.

Y lo hace para manifestar hasta dónde llega el amor de Dios. Lo hace para compadecer, para unirse al hombre que sufre. Dios se ha hecho hombre de verdad y el dolor es el hilo rojo que recorre toda la historia del hombre.

En la cruz Dios está cerca de los que sufren y da respuesta a la vieja queja de la humanidad de por qué Dios permite tanto sufrimiento, o dónde estaba Dios cuando ocurrió esta desgracia. Dios estaba ahí, sufriendo a tu lado. Por eso también lo hace: para redimir el dolor, pues sufriéndolo él, lo ilumina y cambia de sentido. Ya no será por desgracia, sino por gracia.

Y lo hace también para expiar los pecados, haciéndose él responsable de los pecados del mundo. El pueblo que lo aclamaba no era consciente de todo lo que sucedía, no podía imaginarse el peso que llevaba Cristo sobre sus hombros y que días después se harían visibles al cargar la cruz hasta el Calvario.

El entusiasmo del recibimiento procedía de todos los milagros que habían visto. Era una fe bastante superficial.

Sin embargo, la salvación del mundo no vendría por fenómenos naturales o por la fuerza, sino por la debilidad. Dios no quiere conquistar el mundo por la fuerza. Dios no quiere imponer la salvación, sino ofrecerla.

Estamos hablando de la debilidad y la fuerza del amor. El amor es la única arma de Dios. Nada es tan débil como el amor, pues se deja matar, y nada tan fuerte como el amor, porque da vida. Tan débil que llora, tan fuerte que canta. Tan fuerte que puede ser fácilmente derrotado, tan fuerte que convierte las derrotas en victorias.

Desde la Pascua ya no decimos: “fuerte como la muerte”, sino más.

Caminemos de la mano de María, para que esta Semana Santa que iniciamos sea oportunidad para estar con Jesús acompañándolo en los momentos más duros de su vida.

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