Mensaje de Mons. Juan Gabriel Díaz Ruiz, Obispo de Ciego de Ávila. Comentario del evangelio del Domingo de Ramos, 10 de abril de 2022

La Iglesia, de manera muy sabia, a lo largo de todo el año de celebraciones litúrgicas, ha establecido algunos tiempos importantes que se vinculan a los misterios fundamentales de la vida de Jesucristo y, por tanto, de nuestra fe. Esos llamados «tiempos fuertes» tienen sus acentos propios y se identifican claramente por el color de los ornamentos litúrgicos, los cantos o la ausencia de ellos —como ocurre con el Gloria en el Adviento, también del Aleluya durante la Cuaresma— la insistencia en la oración, la práctica de la penitencia y la caridad o el énfasis en la esperanza cristiana, entre otros.

Hoy, Domingo de Ramos, después de llegar a los finales de la Cuaresma, iniciamos la semana más importante de todo el año cristiano, la Semana Santa, porque en ella las celebraciones de cada día, pero, sobre todo, las del Jueves Santo hasta el Domingo de Resurrección, nos ponen en relación directa con los misterios centrales de nuestra fe: la Pasión, la Muerte y la Resurrección de Jesucristo, nuestro Salvador. Si tuviéramos que sintetizar el mensaje cristiano en breves palabras bastaría con decir: Jesucristo, el Hijo de Dios, padeció, murió en la cruz y resucitó, y nos ha salvado del pecado y de la muerte. Esta es la Buena Noticia de la que todos los cristianos somos testigos y mensajeros, enviados al mundo entero para proclamarla sin descanso.

El Domingo de Ramos es el primer día de una semana en la que acompañaremos al Señor Jesús en su camino de dolor, humillación y muerte; pero, también, pleno, sobre todo, de amor, entrega y esperanza. Hoy estaremos junto a Él cuando las multitudes, llenas de júbilo, lo aclamaron en su entrada triunfal en la ciudad de Jerusalén. Sabemos que, poco después, otras multitudes pedirían su muerte en la cruz; no obstante, nos anima y sostiene la certeza en la fe que tenemos de su resurrección gloriosa, que nos ha abierto a todos las puertas de la vida eterna.

La Semana Santa, que hoy comenzamos, nos recuerda que, aun en medio del dolor, el sufrimiento, los fracasos e, incluso, la muerte, siempre la victoria absoluta sobre el mal es de Dios; y que Él tiene el poder para llevar los acontecimientos del mundo hacia el punto que ha determinado su soberana voluntad, porque es el Señor. Avivemos, pues, hermanos, nuestra fe y participemos con fervor en las celebraciones de estos día santos que estamos inaugurando.

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