Queridos hijos e hijas: ¡Cristo ha resucitado! El cuarto evangelio da voz a tres testigos de gran importancia en los orígenes del cristianismo. Por un lado María Magdalena, una seguidora de Jesús cuyo recuerdo entró con fuerza también en el mundo conocido. Por otro lado, Pedro, representante de la gran Iglesia, y el discípulo amado, piedra de las comunidades joánicas. Los tres gritan desde los evangelios que el Crucificado ha Resucitado, que el Señor vive para siempre.
La primera lectura del día de hoy proclama: “Nosotros somos testigos”. Es también nuestra certeza en el día de hoy. Es el día de celebrar con gozo este misterio de nuestra fe para luego poder proclamarla al mundo. Afirmar que Cristo ha resucitado supone para nosotros hoy, como creyentes, que estamos invitados a vivir con nueva fuerza el paso que dimos en el bautismo: morir con Cristo para resucitar con él.
La fiesta de Pascua es, ante todo la representación del acontecimiento clave de la humanidad, la Resurrección de Jesús después de su muerte consentida por Él para el rescate y la rehabilitación del hombre caído. Este acontecimiento es un hecho histórico innegable. Además de que todos los evangelistas lo han referido, San Pablo lo confirma como el historiador que se apoya, no solamente en pruebas, sino en testimonios.
Pascua es victoria, es el hombre llamado a su dignidad más grande. ¿Cómo no alegrarse por la victoria de Aquel que tan injustamente fue condenado a la pasión más terrible y a la muerte en la cruz?, ¿por la victoria de Aquel que anteriormente fue flagelado, abofeteado, ensuciado con salivazos, con tanta inhumana crueldad?
Este es el día de la esperanza universal, el día en que en torno al resucitado, se unen y se asocian todos los sufrimientos humanos, las desilusiones, las humillaciones, las cruces, la dignidad humana violada, la vida humana no respetada.
La Resurrección nos descubre nuestra vocación cristiana y nuestra misión: acercarla a todos los hombres. El hombre no puede perder jamás la esperanza en la victoria del bien sobre el mal. ¿Creo en la Resurrección?, ¿la proclamo?; ¿creo en mi vocación y misión cristiana?, ¿la vivo?; ¿creo en la resurrección futura?, ¿me alienta en esta vida?, son preguntas que cabe preguntarse.
El mensaje redentor de la Pascua no es otra cosa que la purificación total del hombre, la liberación de sus egoísmos, de su sensualidad, de sus complejos; purificación que, aunque implica una fase de limpieza y saneamiento interior, sin embargo se realiza de manera positiva con dones de plenitud, como es la iluminación del Espíritu , la vitalización del ser por una vida nueva, que desborda gozo y paz -suma de todos los bienes mesiánicos-, en una palabra, la presencia del Señor resucitado. San Pablo lo expresó con incontenible emoción en este texto: «Si habéis resucitado con Cristo vuestra vida, entonces os manifestaréis gloriosos con Él» (Col. 3 1-4).
Pensemos por un momento, cuáles son los signos de vida que encontramos en medio de nuestra realidad. Quizás sea la sonrisa de nuestros seres queridos, la mano que se extiende para ayudarnos, la oración que hacemos unos por otros. Todos ellos son señales que nos indican que aún en medio de piedras, florecen las semillas. Ayudemos a que en Cuba, en nuestra familia, en nuestra persona, esos signos de vida se multipliquen constantemente, para poder celebrar en abundancia el triunfo del bien sobre el mal, de la vida sobre la muerte, de la Resurrección sobre la Cruz.
Que María de la Caridad, Testigo del Resucitado, impulse nuestro caminar.
