Mensaje de Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, Obispo de Pinar del Río. Comentario del evangelio del domingo 24 de abril 2022, II de Pascua

Queridos hijos e hijas, les habla Mons. Juan de Dios, Obispo y por lo tanto pastor de todos.

El evangelio de este domingo relata dos manifestaciones de Jesús resucitado con un intervalo de ocho días, coincidiendo ambas en domingo. El primero de los relatos subraya los dones de la Pascua: paz, alegría, Espíritu Santo. La segunda narración señala el proceso de fe de Tomás, el discípulo que, como muchos otros, tenía dificultades para creer en la resurrección del Señor. Detengámonos en Tomás.

Cristo mismo se hace presente y le pide tres cosas: escuchar la Palabra de Dios, dar testimonio de ella y formar parte de la comunidad.

Tomás no cree hasta ver las llagas de Cristo y meter su dedo. Pone demasiadas condiciones para creer.

Y, sin embargo, nuestro Señor, con su infinita bondad y comprensión, como siempre, condesciende con su apóstol incrédulo. Le presenta las manos, los pies, el costado, y permite incluso que meta su dedo en la herida de su corazón. ¡A ver si así termina de convencerse! Ante la evidencia de los signos y la gran misericordia de su Maestro, Tomás queda rendido y conquistado, y concluye con una hermosísima profesión de fe, proclamando la divinidad de Jesús: «¡Señor mío y Dios mío!».

Las llagas de Jesús son un escándalo para la fe, pero son también la comprobación de la fe. Por eso, en el cuerpo de Cristo resucitado las llagas no desaparecen, permanecen, porque aquellas llagas son el signo permanente del amor de Dios por nosotros, y son indispensables para creer en Dios. No para creer que Dios existe, sino para creer que Dios es amor, misericordia, fidelidad. San Pedro, citando a Isaías, escribe a los cristianos: “Sus heridas nos han curado”.

El Señor resucitado continúa haciéndose presente hoy entre nosotros. Nos da su paz, la alegría definitiva, nos regala su Espíritu y nos envía para que seamos sus testigos. El testimonio de Tomás, el discípulo independiente, es una llamada de atención para nosotros. Porque es necesario vivir el discipulado misionero y los dones que Dios nos regala para ello en comunidad creyente; vivirlos en la escucha de la Palabra, en el pan recordado, compartido y hecho vida.

Nosotros, como Tomás, somos duros, pragmáticos, rebeldes. Tomás es un perfecto representante del hombre de nuestro tiempo. De todos los tiempos. De cada uno de nosotros. ¡Cuántas pruebas exigimos para creer! ¡Cuántas resistencias interiores y cuánta dureza antes de doblegar nuestra cabeza y nuestro corazón ante nuestro Señor! Exigimos tener todas las pruebas y evidencias en la mano para dar un paso hacia adelante. Si no, como Tomás, ¡no creemos!

Creemos a nuestros padres porque son nuestros padres y porque sabemos que ellos no nos pueden engañar; creemos al médico en el diagnóstico de una enfermedad, aun cuando no estamos seguros de que acertará; creemos a los científicos o a los investigadores porque saben más que nosotros y respetamos su competencia respectiva, aunque muchas veces se equivocan. Y, sin embargo, nos sentimos con el derecho y la desfachatez de oponernos a Dios cuando no entendemos por qué Él hace las cosas de un determinado modo…

Nosotros nos comportamos muchas veces como el bueno de Tomás. Tal vez su incredulidad y escepticismo eran fruto de la crisis tan profunda en la que había caído. ¡En sólo tres días habían ocurrido cosas tan trágicas, tan duras y contradictorias que le habían destrozado totalmente el alma! Su Maestro había sido arrestado, condenado a muerte, maltratado de una manera bestial, colgado de una cruz y asesinado. Y ahora le vienen con que ha resucitado… ¡Demasiado bello para ser verdad! Seguramente habría pensado que con esas cosas no se juega y les pide que lo dejen en paz. Había sido tan amarga su desilusión que no podía dar crédito a esas noticias que le contaban ahora sus amigos…

A nosotros también nos pasa muchas veces lo mismo. Nos sentimos tan decepcionados, tan golpeados por la vida y tan desilusionados de las cosas que nos cuesta creer que Cristo ha resucitado y realmente vive en nosotros. Nos parece una utopía, una ilusión fantástica o un sueño demasiado bonito para que sea verdad. Y, como Tomás, exigimos también nosotros demasiadas pruebas para creer.

Pero en medio de nuestras crisis, el Señor se manifiesta, y también nos muestra sus llagas para que vivamos la experiencia del encuentro radical, ese que nos mueve a reconocerlo como nuestro Dios y Señor.

“Dichosos los que han creído sin haber visto”. Dichosos los que confían en su Palabra.

Que María de la Caridad, Testigo del Resucitado, impulse nuestro caminar.

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