Mensaje de Mons. Juan Gabriel Díaz Ruiz, Obispo de Ciego de Ávila. Comentario del evangelio del II Domingo de Pascua, 24 de abril de 2022

No bastaron el testimonio de María Magdalena ni el de Pedro y el discípulo amado para sacar de su incredulidad a los demás discípulos: continuaron llenos de temor, reunidos con las puertas cerradas, intentando animarse unos a otros y en busca de una explicación al desastre que, según su opinión, habían constituido la condena y muerte de su Maestro.

La aparición de Jesús Resucitado a los discípulos tiene el efecto inmediato de la alegría; atrás quedaron la tristeza y las dudas que los torturaban continuamente. Después viene el momento del reconocimiento: éste Resucitado es aquél que lo siguieron como su Maestro; el mismo que vieron morir crucificado y que se les presenta vivo y glorioso, con las huellas claras de la cruz y la muerte (las manos y el costado heridos por los clavos y la lanza del soldado), que son, a la vez, la prueba de su victoria. Sigue, a continuación, el envío misionero, porque los discípulos serán los testigos de Cristo, enviados al mundo entero para anunciar la Buena Noticia de la salvación. Por supuesto, no podía faltar la presencia y acción del Espíritu Santo, sin la cual nada podrían hacer.

¿Y Tomás, el discípulo incrédulo? Pues representa muy bien la tentación —que nos acecha a todos— de buscar certezas y pruebas palpables, de negarnos a abrir nuestros corazones al don de la fe, que solo puede venir de parte de Dios y nunca de nuestras apoyaturas humanas. Por eso el Señor Resucitado proclama dichosos a quienes creen sin haber visto; porque han sabido confiar en Dios y se han dejado llenar de su Espíritu Santo. Al final, como vemos, el desconfiado Tomás se rindió, no porque tocó la herida del costado o vio el agujero de los clavos en las manos de su Maestro Resucitado, sino porque humildemente aceptó confesar su fe en su Señor y su Dios: Cristo.

Hermanos: somos dichos porque, en palabras del propio Resucitado, hemos creído en Él sin haber visto y hemos sido obedientes a la acción de su Espíritu Santo que actúa en nosotros por el bautismo. No olvidemos, sin embargo, que la fe cristiana es para vivirla en comunidad y para darla a conocer a todos, somos testigos de la Resurrección. ¡Cristo ha resucitado, aleluya!

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