No bastaron el testimonio de María Magdalena ni el de Pedro y el discípulo amado para sacar de su incredulidad a los demás discípulos: continuaron llenos de temor, reunidos con las puertas cerradas, intentando animarse unos a otros y en busca de una explicación al desastre que, según su opinión, habían constituido la condena y muerte de su Maestro.
La aparición de Jesús Resucitado a los discípulos tiene el efecto inmediato de la alegría; atrás quedaron la tristeza y las dudas que los torturaban continuamente. Después viene el momento del reconocimiento: éste Resucitado es aquél que lo siguieron como su Maestro; el mismo que vieron morir crucificado y que se les presenta vivo y glorioso, con las huellas claras de la cruz y la muerte (las manos y el costado heridos por los clavos y la lanza del soldado), que son, a la vez, la prueba de su victoria. Sigue, a continuación, el envío misionero, porque los discípulos serán los testigos de Cristo, enviados al mundo entero para anunciar la Buena Noticia de la salvación. Por supuesto, no podía faltar la presencia y acción del Espíritu Santo, sin la cual nada podrían hacer.
¿Y Tomás, el discípulo incrédulo? Pues representa muy bien la tentación —que nos acecha a todos— de buscar certezas y pruebas palpables, de negarnos a abrir nuestros corazones al don de la fe, que solo puede venir de parte de Dios y nunca de nuestras apoyaturas humanas. Por eso el Señor Resucitado proclama dichosos a quienes creen sin haber visto; porque han sabido confiar en Dios y se han dejado llenar de su Espíritu Santo. Al final, como vemos, el desconfiado Tomás se rindió, no porque tocó la herida del costado o vio el agujero de los clavos en las manos de su Maestro Resucitado, sino porque humildemente aceptó confesar su fe en su Señor y su Dios: Cristo.
Hermanos: somos dichos porque, en palabras del propio Resucitado, hemos creído en Él sin haber visto y hemos sido obedientes a la acción de su Espíritu Santo que actúa en nosotros por el bautismo. No olvidemos, sin embargo, que la fe cristiana es para vivirla en comunidad y para darla a conocer a todos, somos testigos de la Resurrección. ¡Cristo ha resucitado, aleluya!
