Mensaje de Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, Obispo de Pinar del Río. Comentario del evangelio del VI domingo de Pascua, 22 de mayo de 2022

Queridos hijos e hijas soy Mons. Juan de Dios Hernández, obispo de esta diócesis de Pinar del Río. Soy y me siento pastor de todos ustedes.

En la despedida previa a la Pasión, este pasaje que acabamos de escuchar, se centra en la entrega a los discípulos del don de la Paz.

Siendo judío, Jesús concibe la paz como mucho más que un simple saludo o una mera ausencia de guerra. La paz y el sosiego no aíslan al individuo, sino que lo ponen en relación con los demás. Así la paz no puede entenderse sin la justicia que la acompaña, porque la justicia y la paz se abrazan y besan, como rezamos en el salmo 85.

Cristo se está despidiendo. Se acerca su pasión, morirá en la cruz por nosotros, y nos quiere dar las recomendaciones finales, nos quiere dejar las lecciones que él considera más importantes.

Primero nos da su paz, y nos dice que no se turbe nuestro corazón porque «me voy pero volveré» y en otro pasaje: «yo estoy y estaré con ustedes, todos los días, hasta el final del mundo…» En él está nuestra paz, es más, él es nuestra paz, y con él a nuestro lado, ¿qué nos puede turbar?

Sólo nos podemos preocupar por aquello que afecte nuestra amistad con Él o nuestra salvación eterna, lo demás no es esencial. Sólo Dios, sólo Él.

El corazón del Padre, de quien procede y a quien todo vuelve, rebosa de paz, y solo en aquellos que acogen esta paz, y se convierten a su vez en transmisores de amor y justicia, hallarán morada en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Para que el interior de cada cristiano se transforme en un remanso de paz, sea cual sea su rol en la Iglesia, o estatus social, su vida debe ser conforme a las enseñanzas del Evangelio. No es posible que en las celebraciones litúrgicas nos saludemos deseándonos la paz, dando gracias por lo bueno que somos, y que después nuestra vida privada o pública transite por caminos opuestos a la justicia social, que ignoren el grito de auxilio del necesitado.

Afortunadamente no todo depende de nuestra voluntad testaruda y débil. Contamos con el Espíritu, que nos va moldeando poco a poco a la voluntad de Dios. Basta con que, por ejemplo, dedique un espacio a la lectura de la Biblia. Gota a gota, la Palabra irá fracturando mi corazón de piedra y lo convertirá en una morada trinitaria.

En sus últimas palabras Jesús nos asegura que «nos conviene que Él se vaya», porque sólo así podrá venir el Paráclito, el Consolador, «que el Padre enviará en Su nombre. Será Él quien nos lo enseñe todo y nos vaya recordando todo lo que Jesús nos ha dicho». Gracias al Espíritu Santo existe la Iglesia y los sacramentos. Gracias al Santificador tenemos fe, amor y las demás virtudes, porque «la caridad de Dios ha sido derramada en nosotros por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5, 5).

Cristo se irá. Sí. Pero se quedará para siempre con nosotros. No sólo en la Iglesia y en la Eucaristía. ¡También dentro de nosotros! Así nos lo prometió Él mismo: «El que me ama, guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos en él nuestra morada». ¡Qué palabras tan profundamente consoladoras! ¿Existe en alguna parte del universo un amor más grande y más intenso que éste de Dios, que viene incluso a morar dentro de nuestro mismo ser? Tenemos a Dios dentro de nosotros. Entonces, todo está arreglado: ¡adiós soledad, adiós tristeza, adiós lágrimas! ¡Lo tenemos todo! Él está con nosotros, Él nos consuela, Él nos acompaña, Él nos sanará.

Gracias Padre, por las palabras de tu Hijo, que nos enseñan a verte como Dios cercano. Un Dios que nos ama tanto que se mantiene a nuestro lado y nos invita a acogerlo siendo mensajeros de paz y luchadores por la justicia en el mundo.

Que María de la Caridad, modelo de amor a Dios y a los demás, ponga a Jesús en nuestro corazón.

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