Son varias cuestiones de las que Jesús nos habla en este fragmento que Juan nos presenta. Primero del amor a Él expresado por medio del cumplimiento de su palabra. Segundo del Espíritu que será enviado y de lo que obrará en sus discípulos, esto es la comprensión de sus enseñanzas. Por último, de su paz que Él les deja, que es diferente a la del mundo.
El cumplimiento de sus palabras como expresión del amor a Él hay que entenderlo, no como acatar las órdenes de un amo a quien servir, sino como el camino seguro que Jesús nos indica porque nos ama, ya que sus palabras son espíritu y vida. Nos ayuda a entender esto si tenemos a alguien en nuestra vida que nos quiere y nos habla con cariño, que quiere nuestro bien, que nos aconseja para que no caigamos en el mal, entonces entendemos lo que pretende Jesús cuando nos pide que cumplamos su palabra.
Varias veces Jesús habló del Espíritu Santo y de lo que iba a suceder por la acción del paráclito. Me pregunto si como Iglesia tenemos plena conciencia de lo que significó y significa hoy la presencia y acción del Espíritu Santo en la Iglesia, esto es en todos nosotros, obispos, laicos, religiosas, diáconos y sacerdotes. Es bueno, es más muy necesario recordar que los apóstoles después de la pascua se mantenían escondidos a pesar de las apariciones de Jesús ya resucitado, de las que fueron testigos de primera mano ellos y otros hermanos y hermanas. ¿Qué les faltaba? ¿Por qué no salían a evangelizar? Les faltaba dos elementos muy importantes para entregarse a la misión para la cual Jesús los había preparado y encomendado al decirles vayan por todo el mundo proclamando la buena noticia a toda la humanidad.
Necesitaban primero entender e interiorizar las enseñanzas de Jesús, si nos fijamos en algunos pasajes vemos que los apóstoles se quedaban con frecuencia sin entender y comentaban entre ellos, qué habría querido decir Jesús con tales palabras. También cobrar valor, entusiasmo, enamorarse de la misión y entregarse a ella. Con alegría leemos en Hechos de los Apóstoles y en las cartas apostólicas de la entrega ardiente de los cristianos al anuncio del evangelio aun cuando, a veces, iban huyendo al ser perseguidos por su fe en el resucitado.
Qué pena que, como iglesia, consagrados y laicos seamos solo un pálido reflejo de aquel ardor, de aquella entrega. ¡Cuánto necesitamos dejar que el Espíritu actúe en nosotros!
Por último, la paz de Jesús “que es distinta a la del mundo”, porque es más que la paz que se obtiene por acuerdos y firmas. Es otra: es la que llena el corazón porque Dios está dentro de nosotros y nos acompaña en una vivencia y compromiso que nos deja espiritualmente llenos porque podemos decir como María “El Señor ha obrado en mi maravillas”, porque he superado mi egoísmo, porque vivo, aunque con limitaciones, tratando de ser testigo creíble del evangelio del amor y de la vida.
Llamados a ser portadores de paz, a sembrarla en el corazón de niños, adolescentes, matrimonios, enfermos, reclusos. Llegaron a entender que la fe y su vivencia son algo más que prácticas rituales. Que no se puede medir el amor y la fe por estas prácticas. Por eso cuidemos nosotros que nuestras prácticas, que nuestro culto sean una auténtica expresión de nuestra respuesta al Dios del amor, muerto y resucitado. Amén.
