Mensaje de Fr. José Alberto Escobar Marín, OSA, Párroco de la Inmaculada Concepción de Chambas en la Diócesis de Ciego de Ávila. Comentario del evangelio del 29 de mayo de 2022: Fiesta de la Ascensión del Señor

El tiempo Pascual se acerca a su fin y en la solemnidad de la Ascensión del Señor se nos reitera el núcleo del mensaje evangélico: el Señor está vivo, Él ha vencido a la muerte y a lo que la produce. Esta es la fuente de nuestra esperanza. Los evangelios de Mateo y Marcos terminan con el envío en misión, predicar la buena nueva es lo propio del discípulo. Esta consiste en dar testimonio de sus encuentros con Jesús resucitado desde allí leen con una nueva luz su enseñanza.

Los evangelios implican una inteligencia de los hechos a partir de la Pascua, el paso de la muerte a la vida. Esta comprensión es realizada por sus testigos y el testigo no se limita a relatar un acontecimiento, va más allá, su vida se transforma y se compromete con él, lo hace suyo. El señor abrió sus inteligencias para que comprendieran las escrituras, convivió con ellos después de su pasión dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo apareciéndoseles durante 40 días, les habló del reino de Dios y ellos fueron para siempre testigos del reino de vida. Pero no se requiere solo percibir el alcance de los hechos es necesario también asumir la responsabilidades que este testimonio implica. Si Mateo y Marcos subrayan el envío a la misión, Lucas insiste en cómo los discípulos dan fe de Jesús a pesar de su ausencia. El Señor los deja a cargo de la tarea, deben continuar su obra. El Hijo asciende al cielo al lado del padre; es un tiempo de ausencia pero radicalmente diferente al de una pérdida, conlleva la presencia de quien vive eternamente: Jesús glorificado. Es el mensaje de estos domingos de Pascua en los que se habla de la promesa del padre que enviará a su Espíritu, Él nos ayudará a hacer presente a Jesús, el Señor, que vive en medio de una realidad marcada por el egoísmo, el mal y la muerte.

Ascensión y Pentecostés son las fiestas de la madurez cristiana, son una llamada a prolongar la misión de Jesús con nuestras percepciones de la realidad, criterios y decisiones porque la fuerza de su Espíritu está con nosotros. No se trata de quedarse inmóviles mirando hacia arriba y lamentándose de la ausencia del Señor sino de ponerse en camino y llevar su evangelio hasta los confines del mundo impulsados por la auténtica esperanza cristiana. Sabemos que el cielo hay que construirlo ya desde la tierra, cada día, mediante el amor, el trabajo y el servicio a los hermanos. Esta es la gran misión que Jesús confía a su iglesia, a los cristianos en el momento de su despedida. Jesús vuelve a su padre bendiciendo a sus discípulos, es su último gesto. Los discípulos responden al gesto de Jesús acudiendo al templo llenos de alegría y bendiciendo a Dios.

La Iglesia ha de ser en medio del mundo una fuente de bendición. En un mundo donde es tan frecuente maldecir, condenar, hacer daño, ignorar y denigrar, es más necesaria que nunca la presencia de los seguidores de Jesús. Hoy la palabra nos interpela: ¿Soy testigo del Dios de la Vida? ¿Habita su Espíritu en mí? La Iglesia necesita de hombres y mujeres que sepamos bendecir, buscar, hacer el bien y atraer hacia él. Con su Espíritu podremos llevar a nuestros hermanos el Reino de Dios, llevarles al Señor.

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