La Liturgia de la Palabra nos sigue brindando la oportunidad a todos los creyentes de crecer en el conocimiento del misterio de Jesús y seguir celebrando su vida, resucitado en medio de su pueblo, para este domingo décimo segundo del tiempo ordinario, celebramos la solemnidad del Corpus Christi (Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo), que sigue alimentando nuestras vidas tan necesitada de alimentos que verdaderamente nos hagan provecho.
El ser humano está llamado a ofrecer lo mejor de la vida y ser consciente que aquello que poseemos material y espiritualmente no nos corresponde y no viene a nosotros solo por nuestras propias fuerzas, como los lenguajes triunfalistas que muchas veces acompañan los discursos actuales, para el creyente todo depende de la fuerza de Dios, fuente de la vida, tal es el caso del sacerdote Melquisedec, que en la primera lectura ofrece pan y vino y reconoce a Abrahán y su historia en medio de su pueblo. Es un llamado muy especial a ofrecer aquello que tenemos al autor de todo lo creado.
En esta celebración recordamos cómo la Iglesia, a lo largo de la historia, ha tenido en sus manos la riqueza, el regalo más grande y autentico que podemos llegar a tener: la presencia viva de Jesús, en su cuerpo y en su sangre, no como un acto mágico o supersticioso, sino como la memoria actual de su proyecto de amor y entrega. Nos recuerda la carta a los Corintios, cómo seguimos recordando hoy en todas las comunidades donde hay madurez en fe, las mismas palabras de Jesús en la última cena, no como un recuerdo más de la historia, sino como una real actualización de la presencia viva de Jesús.
La Imagen más auténtica del cuerpo de Cristo es la Iglesia con cada uno de sus miembros, reunidos, como en el Evangelio de la comunidad de Lucas: alrededor de Jesús a escucharlo y recibir de su presencia alimento y curación, esta actitud de la comunidad debe ser un reflejo de la comunidad creyente actual, que en medios de las realidades más complejas que podemos llegar a atravesar, él sigue estando en medio de su pueblo para animarlo, alimentarlo y curarlo. Ante la iniciativa de Jesús de alimentar a la muchedumbre, los discípulos ponen resistencia y son incapaces de alimentarlos, hoy podemos llegar a tener esa misma actitud ante la miseria, el abandono y los grados de deshumanización que se vive en la actualidad, es por ello que el testimonio fraternal y solidario de la comunidad creyente será el único modo de mantener vivo el recuerdo más auténtico del cuerpo y la sangre de Cristo.
Que Dios, autor de toda obra buena, acompañe nuestros pasos: en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
