Comentario de Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, SJ, Obispo de Pinar del Río, dell evangelio del domingo 26 de junio de 2022

Queridos hijos e hijas soy Mons. Juan de Dios Hernández, obispo de esta diócesis.

En el Evangelio de este día, el Señor nos invita nuevamente a poner la mirada en él. A poner nuestra confianza en él, ya que el evangelio tiene que ver claramente con el llamado al seguimiento.

Cada una de las situaciones que nos presenta este evangelio ofrece una lección sobre el discipulado para que podamos perfilar nuestro seguimiento de Jesús.

La primera de ellas señala el modo incorrecto de ser mensajeros de Cristo: desear el mal a quienes no acogen el mensaje proclamado.

La segunda está unificada por la triple repetición del verbo “seguir”, término técnico de discipulado en los evangelios sinópticos.

Pero los invito a detenernos en una expresión trascendental de Jesús: “He venido a salvar a los hombres”.

Podríamos llamar a este pasaje “el evangelio del perdón sincero”. Cristo manda a sus apóstoles a prepararle el camino, para avisar a la gente de ese pueblo que iba a parar allí. Pero esas personas de Samaria, en lugar de descubrir a Cristo en el grupo de viajeros, sólo se fijaron en que “tenían intención de ir a Jerusalén”. Recordemos que en ese tiempo los samaritanos no hablaban con los demás judíos que bajaban a Jerusalén. ¡Qué ofensa para Cristo! Por eso los apóstoles le preguntan si quieren si quieren que pidan que les caiga fuego del cielo. Esta propuesta de los apóstoles molestó más a Cristo que la ofensa recibida por el pueblo. ¿No vino Cristo a predicar el perdón? ¿No vino a morir por amor a toda la gente de ayer, de hoy y de siempre, para salvarnos y llevarnos al cielo? ¿Cómo iba a permitir que esa pequeña ofensa mereciera un castigo así de grande? No, y dice el Evangelio que Cristo les reprendió enérgicamente.

Aprendamos de Cristo a amar y perdonar, pero perdonar de corazón. Sí nos cuesta, pero al pedir su ayuda nuestro corazón se liberará de un peso enorme, respirará la paz que sólo Cristo da a los que se la piden y luchan por conseguirla y mantenerla.

Jerusalén es la meta final, donde Jesús, en su última Pascua, debe morir y resucitar, y así llevar a cumplimiento su misión de salvación. Desde ese momento, después de esa firme decisión, Jesús se dirige a la meta, y también a las personas que encuentra y le piden seguirle, les dice claramente cuáles son las condiciones: no tener una morada estable, saberse desprender de los afectos humanos; no ceder a la nostalgia del pasado.

En el Evangelio se nos presenta a Cristo exigente: “quien pone la mano en el arado y mira hacia atrás no es digno de Mi”. Son duras las palabras de la elección de Dios, por lo que comprenden, pero al mismo tiempo donan una paz y una felicidad inmensas dentro del alma, porque se sabe que ha sido Dios mismo quien ha llamado. No todos aceptan el llamado con generosidad, sino que al sentir el peso muchos lo dejan.

Cada uno de nosotros estamos animados por el noble deseo de seguir a Jesús. Y quizás somos como aquel discípulo que le pide: “Señor, primero…” Y el Señor nos sigue respondiendo con seriedad que nada hay más importante, nada más prioritario, que los compromisos que se derivan del seguimiento. En dicho seguimiento no vale el voluntarismo ciego, ni otras obligaciones, ni mirar hacia atrás en vez de hacia delante.

Dejemos que Dios nos hable en el corazón y si él nos llama, digamos con sinceridad y generosidad que queremos seguirle, aun sabiendo las dificultades que allí encontraremos.

Que María de la Caridad ponga a Jesús en nuestros corazones.

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