Mensaje de Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, Obispo de Pinar del Río. Comentario del evangelio del XIX Domingo del Tiempo Ordinario, 7 de agosto de 2022

Queridos hijos e hijas soy su obispo, Mons. Juan de Dios Hernández. Hoy el Evangelio nos regala un mensaje directo y preciso: “No tengan miedo, sean felices,  estén preparados y dispuestos”. Palabras de ánimo, de aliento y compromiso; porque el Padre, que todo lo ve, acompaña a los que son fieles. La fidelidad se manifiesta en la disposición para vivir en el querer de Dios. Y Jesús nos lo muestra con su vida. Los ejemplos de administradores y criados, atentos y vigilantes, nos invitan a esperar con gozo la llegada del Señor.

La felicidad no hay que buscarla en las cosas materiales. Hay gente que es muy feliz sin demasiadas cosas. Han entendido la bienaventuranza de la pobreza y son solidarios con aquellos que más lo necesitan. Jesús ya lo veía en su tiempo y nos avisa para el hoy de nuestro mundo. Mundo del tener y consumir que no provoca sino neurosis, depresión y ansiedad. Personas rotas que necesitan integración.

Lo más importante que debemos procurar es ganar la vida eterna. Como cristianos somos llamados a creer en la vida más allá de la muerte, no como una fábula, un mito, un cuento para niños buenos. La vida eterna, la vida después de esta peregrinación por esta tierra, es verdadera, es real y hemos sido creados para disfrutar de ella. No todo termina con esta vida. ¡Tú me llamas, Señor, a una vida feliz por toda la eternidad!

Es desde esta perspectiva que puedo entender el consejo evangélico de no acumular tesoros en este mundo donde todo pasa, sino almacenar para el arca del Cielo. Es leyendo este pasaje, con esta visión, que puedo comprender la recomendación del Señor y estar preparado y en vela para cuando me llame.

La mejor forma de prepararnos es viviendo en fidelidad: “Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá”. Pidamos la gracia de ser siempre fieles, pues día tras día experimentamos la fidelidad y generosidad de Dios hacia nosotros. Ojalá tengamos el valor de responderle como él se merece: “Amor con amor se paga”.

Este domingo el Señor nos invita a dar un paso más en el seguimiento. No basta sólo con pensar en el más allá y que sepamos qué es lo verdaderamente importante y esencial en nuestra existencia. Hemos de regir toda nuestra vida según esos criterios de eternidad. Pero, como vivimos en un mundo lleno de tentaciones que pueden apartarnos de Dios, Jesucristo nos invita reiteradamente a la vigilancia.

La vigilancia no es esa sensación asfixiante de miedo o de angustia ante lo inesperado, y con un cierto matiz de pánico ante lo desconocido o por el temor al castigo. No, la vigilancia del Evangelio es una virtud fundamental, unida íntimamente a la conciencia de la propia indigencia y a la fragilidad radical del hombre para obrar el bien.

Por eso para tender hacia lo eterno, para “buscar y aspirar a los bienes de allá arriba”- como nos recomendaba Pablo en la carta a los colosenses-, nos es imprescindible la virtud de la vigilancia, que es sinónimo de atención, cuidado, celo y desvelo para que los dones que Dios nos ha confiado no sufran detrimento a costa de nuestras pasiones o de los embates del enemigo.

Cuando no hacemos esto, obramos como el administrador infiel que, cansado de esperar a su amo, comienza a comer, a beber y a emborracharse, a golpear a los empleados y a las muchachas, y a cometer toda clase de abusos y desmanes. Entonces- nos dice Jesús- llegará el amo, cuando éste menos lo espera, lo despedirá y lo condenará a las penas de los infieles. Este es un retrato perfecto del pecado, del desorden radical que impone la soberbia y el orgullo en nuestra vida, y las consecuencias que éste conlleva: el grave sufrimiento que causamos a los demás con nuestra prepotencia y egoísmo brutal.

Señor Jesús, ayúdanos para que podamos descubrir los tesoros del Reino: el desprendimiento frente al egoísmo, la fraternidad contraria a la guerra, la comunicación frente a la ruptura de relaciones, la acogida opuesta a las fronteras, la luz de la verdad contraria a tantas tenebrosas mentiras. Sólo así podremos caminar sin miedo y con la certeza de que tú nos acompañas.

Que María de la Caridad ponga a Jesús en nuestros corazones.

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