La Palabra de Dios hoy nos introduce en una realidad cotidiana para el creyente en Cristo: el evangelio, el proyecto de Dios, es signo de contradicción, frente al proyecto del mundo que vive cerrado a sus planes. Por eso Cristo advierte acerca de lo que significa ser discípulo suyo.
El capítulo doce del evangelio de Lucas trae consejos y advertencias a los discípulos de Jesús. Jesús prosigue su camino a Jerusalén, las resistencias a su misión se hacen más agresivas, el Señor prevé el desenlace y previene a sus seguidores. El texto de hoy está escrito en términos paradójicos, es un modo de acercarnos a la vida misma que es una realidad compleja y controvertida. Nos habla de radicalidad en su seguimiento y lo que esto significa. Lo hace hablando de fuego, de combate y división. Es un lenguaje profético, simbólico, que todos entendían en su tiempo, un mensaje que hoy sigue siendo válido y necesario, sin caer en una literalidad que sería fanatismo sin sentido. El discípulo, como su maestro, toma partido por la causa de Dios a pesar de sufrir por ello y a pesar de la incomprensión y el rechazo de hasta los más cercanos. ¿Cómo entender estos contrastes entre amor-odio, paz-guerra, comunión-división?
Jesús es mensajero de la paz, pero de una paz profunda y definitiva. Dios no se anda con medias tintas. Esa paz que Dios trae no es calma y sosiego resultado de permitir el mal y el pecado para evitar el conflicto. Muchas veces la tentación es vivir diciendo: “dejemos así las cosas en paz para evitar más problemas”. Y las consecuencias son que el mal campa a sus anchas. Lejos de eso la paz que proviene de Dios está edificada en el amor que presupone la justicia y el respeto de los derechos de todos y en especial de los más indefensos y pobres. Para que el Reino de Dios se haga presente el Señor necesita de su Iglesia, de personas convencidas y decididas de verdad a vivir e implantar el bien. Esto supone esfuerzo, choque para vencer la maldad. Proclamar esta paz encuentra la oposición de quienes se benefician de un orden social injusto porque les conviene. Es la oposición de quien solo mira su propio interés y consiente y promueve el sufrimiento de las víctimas. El egoísmo y sus consecuencias, rechaza y se opone a la fraternidad basada en nuestra condición de hijas e hijos de Dios.
El Señor nos recuerda que su mensaje es de bien, dignidad y paz, pero él sufrirá por eso un bautismo de fuego, será sumergido en el dolor y en la muerte. Esto no es buscado, es encontrado y aceptado. El precio que debe pagar lo angustia desde ahora. Y quien sigue a Cristo se sumerge con él en este bautismo de dar la vida por esta causa divina y a su vez humana para morir por ella y erradicar el poder del pecado y el mal y que reluzca el bien que proviene de la voluntad de Dios y así resucitar a la Vida.
La vida cristiana no es un camino de muerte sino de vida. A pesar de la cruz y a pesar del rechazo incluso de los más cercanos, vivir en comunión con Cristo y vivir como hijos e hijas de Dios es camino hacia la Vida plena, es vivir al lado de las víctimas para hacer posible una vida más humana y fraterna, con la conciencia de que todo cansancio en esta lucha contra el pecado es amor y vida para los hermanos. Qué alegría y satisfacción llevar y compartir el amor de Dios. Esta es la llamada de Jesús también a nosotros, su Iglesia en Cuba.
Imploramos con humildad a Dios su bendición. Que el Señor que es bueno con todos, y fortalece con su gracia a los hijos de su Paz y su Luz, nos dé su bendición. Y la bendición de Dios todo poderoso Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre todos ustedes y les acompañe siempre. Amén.
