Mensaje radial de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, Obispo de Pinar del Río, donde comenta el evangelio del XXI domingo del Tiempo Ordinario, 21 de agosto de 2022

Queridos hijos e hijas soy Mons. Juan de Dios Hernández, obispo de esta diócesis de Pinar del Río.

Hoy escuchamos una de esas situaciones en la vida pública de Jesús que nos invita a revisarnos interiormente. Ante la pregunta que le hacen, Jesús no responde directamente sino que propone una exhortación. Con ella echa por tierra la falsa seguridad de la salvación de aquellos que creían que por estar con él, recibirían la Vida Eterna.

No es la pertenencia a un pueblo, raza, religión o herencia familiar lo que asegura la salvación. Lo que salva, para Jesús, es la respuesta a Dios en la fe y la fidelidad. Algunos se autoexcluyen, otros excluyen y exigen derechos. Por eso Jesús abre la puerta a todos, y los que se creen “elegidos” serán últimos.

El hombre siempre ha andado en la búsqueda de la seguridad, de evitar riesgos y de tener todo bajo control. Buscamos una seguridad para nuestra vida que a veces se convierte en una obsesión. Dicho esto, más de alguno podría preguntarse pero, ¿qué asegura la vida eterna?

Ya desde los tiempos de Jesús los hombres buscaban esta seguridad y Cristo no la niega, pero es claro: “esfuércense” porque nos es fácil alcanzarla.

Nuestra salvación es don que hay que pedir con constancia y fe a Dios. No cabe duda que también depende de nuestras obras pero es ante todo un don de Dios. No nos cansemos por tanto de luchar, de estar atentos, de orar, porque cuando menos lo pensemos nos llegará la hora de dar cuentas.

A la pregunta que se le hace, Jesús no da una respuesta directa, porque va a una cuestión mucho más esencial y profunda que la cantidad de personas que se han de salvar. Se interesa por estimular el compromiso por el reino e impulsar el empleo de nuestras energías por su causa.

Jesús nos recuerda que no son los títulos y honores los que nos habrán de llevar a la salvación, sino nuestra conversión al mensaje y al amor de Dios. Por eso vale la pena preguntarse ¿Cómo consideramos a los que, según nuestro criterio, están lejos de Dios? Tal vez nuestro juicio se base solamente en cuestiones externas. Jesús afirma que vendrán de todos lados a ocupar su lugar en el banquete del Reino. Porque eso es lo que quiere hacer el Padre: poner una mesa con lugar para todos los que quieren encontrarse con él, sin hacer diferencias por el lugar o la condición de donde provienen. La Palabra de Dios hoy nos invita a estar alerta, atentos, entregados en el seguimiento de Jesús. Nos invita a tener sentimientos de acogida y misericordia con todos. Los de fuera también se sentarán a la mesa del Reino de Dios. No pueden sernos indiferente quienes para Jesús, para Dios, son también hijos elegidos.

¿Tenemos conciencia de construir el Reino con nuestros comportamientos, nuestra mirada misericordiosa y nuestro compromiso con los últimos?

En la invitación que Dios nos hace exige de nosotros una respuesta. Démosle gracias, porque si él invita, también da los medios para poder responderle. Así como hacía San Pablo, pidamos a Dios que “nos llene de luz los ojos del corazón para que conozcamos cuál es la esperanza a la que nos llama, qué inmensa es la gloria que ofrece en herencia a su pueblo y qué formidable la potencia que despliega a favor de nosotros los creyentes, manifestada en la eficacia de su fuerza poderosa”

Que María de la Caridad interceda por nosotros para que nuestra vida cristiana sea al estilo de Jesús.

Un comentario sobre “Mensaje radial de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, Obispo de Pinar del Río, donde comenta el evangelio del XXI domingo del Tiempo Ordinario, 21 de agosto de 2022

  1. GRACIAS!!!!!!!!!!!!!!!!

    EN COMUNION DE ORACIONES POR UCRANIA GRACIAS Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz «Ahogar el mal en abundancia de bien». San Josemaria Escriva (cf Lumen gentium 61) AMDG Saludos René HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO

    “Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49).

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