Comentario del evangelio de Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, Obispo de Pinar del Río, del Domingo XXIII del Tiempo Ordinario, 4 de septiembre de 2022

Queridos hijos e hijas soy Mons. Juan de Dios Hernández, obispo de esta diócesis de Pinar del Río. Su amigo y pastor.

Hoy Jesús nos ofrece las exigencias para quien quiere ser su discípulo. Todos los aspirantes tiene que meditar, reflexionar y ser realistas para ver si son capaces de cumplir, sí o no, lo que pide Jesús: “cargar con su cruz y seguirle”, renunciando a todo, incluso a su propia vida. Todo ello es por amor a Jesús. De esta manera, el discípulo está capacitado para el anuncio del reino de Dios. Él dará su propia vida para el servicio de Dios y de la humanidad.

Ser discípulo de Jesús implica cargar la cruz de cada día, es decir, ser capaces de servir y de dar amor con nuestra propia vida. Para esto hay que ser conscientes de todos los beneficios y de las renuncias que incluye meditar en profundidad con nosotros mismos y vislumbrar si somos capaces de seguirlo. Jesús nos hace una invitación directa para seguirlo de forma espontánea y libre; quiere hombres y mujeres libres de las ataduras que hay en el mundo, como son las personas y las cosas que nos pueden distraer o desviar de la misión que Jesús nos da.

“Lo que hace a Cristo mi Salvador es su cruz, su cruz es el instrumento que el Padre eligió para que su Hijo me salve, por lo tanto, la cruz de todo cristiano es el instrumento para salvarse, mi cruz me salvará.

Cargar mi cruz, amar mi cruz es lo que me hace su discípulo […] todo amor exige sacrificios, sacrificios que no son estériles. Porque amo y estoy seguro de que mi sacrificio es uno que dará frutos, tanto para las personas que amo como para mí. Sé que los veré algún día, que aprovecharemos todos los momentos no vividos, y solo espero que ellos vean en mí a un hombre enamorado que carga con amor su cruz, que vean a un discípulo de Cristo.” (Papa Francisco)

Pero tampoco debemos olvidar nuestras debilidades, propias de la naturaleza humana. ¿Cuántas veces no sentimos que la cruz es demasiado pesada y que no podemos más con ella? Es en estos momentos cuando más se necesita la gracia de Dios, porque el hombre, por sus propias fuerzas, no puede llevarla.

Cristo nos dice claramente que debemos pedirle a Dios las fuerzas para cargar nuestra cruz hasta el final. Y aun cuando creamos que no somos escuchados porque la situación no cambia, sino más bien empeora, continuar confiando en que Dios nos escucha, y a través de pequeños gestos, vamos descubriendo poco a poco, la ayuda de su mano cargando junto a nosotros la cruz que nos corresponde.

En estos días la Iglesia ha estado dirigiendo la mirada hacia la Virgen de la Caridad, pues nos preparamos para vivir su fiesta el próximo 8 de septiembre. María se tuvo que enfrentar a grandes pruebas durante su vida. Su cruz fue también muy pesada, pues fue testigo del repudio del pueblo hacia su Hijo, quien se entregaba por amor a los hombres. Pero María es Maestra de la fe, y en total abandono a Dios, supo ser fiel hasta el final. Acerquémonos a ella con la confianza de los hijos, y pidámosle que nos presente a Jesús, pues como nos recuerda uno de los cantos que escuchamos por estos días: “Si tú nos miras, Él también me mirará”. Pidamos a Dios que no deje de mirarnos nunca, y que nosotros sintamos el apoyo y la fuerza que brotan de la mirada de Dios.

Que María de la Caridad interceda por nosotros y ponga a Jesús en nuestros corazones.

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