Mensaje radial del P. Francisco Iturbe, O.S.A. en la Diócesis de Ciego de Ávila. Comentario del evangelio del XXX domingo Tiempo Ordinario, 23 de octubre de 2022

El mensaje del evangelio que acabamos de proclamar es claro y sencillo. Nos presenta a dos personas que se acercan al templo para orar: un piadoso fariseo y un recaudador de impuestos. El fariseo, es un hombre observante de la ley de Dios. Se siente orgulloso de sí mismo, no pide nada a Dios; su conciencia no le acusa de nada. Así nos lo describe Jesús: «Erguido, oraba en su interior: Oh Dios, te doy gracias porque no soy como el resto de los hombres, ladrones, injustos, adúlteros». Él no le da gracias a Dios por su grandeza y su bondad. Le cuenta a Dios el montón de buenas obras que realiza cada día. Cumple con sus obligaciones religiosas y no tiene nada que arrepentirse. Más que orar está contemplándose a sí mismo. Se siente, incluso, con derecho a compararse con los demás. Y, así, mirando con desprecio al recaudador de impuestos que también se ha acercado al templo para orar, lo señala con el dedo y lo desprecia: Yo no soy, dice, como ese…

La oración del recaudador de impuestos es muy diferente. Se retira a un rincón y permanece inclinado, sin atreverse a levantar los ojos del suelo. Se golpea el pecho y reconoce su pecado y se dirige a Dios diciendo: Oh Dios, ten piedad de este pecador. Siente la necesidad de cambiar su vida llena de injusticias y maldad y le pide perdón a Dios. Reconoce su pecado y siente la necesidad de acogerse a la misericordia de Dios.

Esta súplica confiada y humilde que está haciendo el cobrador de impuestos, reconociendo su pecado, obtendrá la misericordia de Dios. Jesús dice que éste volvió a casa perdonado, mientras que el fariseo sale del templo como entró: sin conocer la mirada compasiva de Dios.

Con esta parábola del fariseo y del recaudador, Jesús contrapone dos maneras de creer. Dos maneras de relacionarnos con Dios. Una es la actitud hipócrita, llena de orgullo y arrogancia, cuando presumimos de ser hombres religiosos, pero despreciamos a los demás, cuando creemos que la salvación la ganamos con nuestro propio esfuerzo. La otra actitud es la del verdadero discípulo de Jesús que confía en el amor y en la misericordia de Dios, es la actitud del que reconoce su condición de pecador y siente la necesidad de reconciliarse con Dios.

Es el momento de hacer nuestra propia revisión de vida a la luz de la Palabra de Dios. No nos engañemos. La actitud del fariseo de la parábola la podemos reconocer en nosotros cuando rechazamos a otros, cuando nos sentimos orgullosos y seguros de nosotros mismos creyendo que somos mejores que los demás; cuando nos creemos siempre con la razón; cuando llenos de soberbia pretendemos ser dueños de la verdad y pensamos que la tenemos de manera exclusiva, cuando juzgamos y condenamos a los demás.

¿Quieres experimentar en tu vida el abrazo de Dios, nuestro Padre como el publicano de la parábola? Abre tu corazón al Dios del amor tal como nos lo ha enseñado Jesús. Él es nuestro Padre. Dios es el Padre lleno de amor y de ternura que nos acoge y recibe cuando acudimos a él con humildad. Dios escucha tu oración. Él cambia tu vida. Acude a Dios con confianza y experimenta en tu vida su perdón inagotable. Dios es Amor. Dios es nuestro Padre, lleno de amor y misericordia. Acude a Él. Confía en Él.

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