Mensaje de Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, Obispo de Pinar del Río. Comentario el evangelio del XXXI domingo del Tiempo Ordinario, 30 de octubre de 2022

Queridos hijos e hijas soy Mons. Juan de Dios Hernández, obispo de esta diócesis vueltabajera.

Acabamos de escuchar un típico relato del evangelio según san Lucas quien siempre se mostró interesado en los marginados, sean pobres o enfermos o, como en este caso, un despreciado por la religión oficial.

No es un encuentro casual; Zaqueo, ciertamente buscaba a Jesús, pero fue Jesús quien tomó la iniciativa de ir a su encuentro. Contra todas las normas Jesús se hace invitar y los efectos se suceden: el arrepentimiento, el cambio y la nueva práctica, eso que tanto cuesta pero que es el camino para la salvación personal y comunitaria: poner el dinero a disposición de los demás.

El Papa Francisco, en una ocasión, nos llamaba la atención sobre lo siguiente: “Y Jesús se detuvo, no pasó de largo precipitadamente, lo miró sin prisa, lo miró con paz. Lo miró con ojos de misericordia; lo miró como nadie lo había mirado antes. Y esa mirada abrió su corazón, lo hizo libre, lo sanó, le dio una esperanza, una nueva vida como a Bartimeo, a María Magdalena, a Pedro y también a cada uno de nosotros. Aunque no nos atrevemos a levantar los ojos al Señor, Él siempre nos mira primero. Es nuestra historia personal; al igual que muchos otros, cada uno de nosotros puede decir: yo también soy un pecador en el que Jesús puso su mirada. Los invito, que hoy en sus casas, o en la iglesia, cuando estén tranquilos, solos, hagan un momento de silencio para recordar con gratitud y alegría aquellas circunstancias, aquel momento en que la mirada misericordiosa de Dios se posó en nuestra vida.

Su amor nos precede, su mirada se adelanta a nuestra necesidad. Él sabe ver más allá de las apariencias, más allá del pecado, más allá del fracaso o de la indignidad. Sabe ver más allá de la categoría social a la que podemos pertenecer. Él ve más allá de todo eso. Él ve esa dignidad de hijo, que todos tenemos, tal vez ensuciada por el pecado, pero siempre presente en el fondo de nuestra alma. Es nuestra dignidad de hijo. Él ha venido precisamente a buscar a todos aquellos que se sienten indignos de Dios, indignos de los demás. Dejémonos mirar por Jesús, dejemos que su mirada recorra nuestras calles, dejemos que su mirada nos devuelva la alegría, la esperanza, el gozo de la vida.” (Homilía de S.S. Francisco, 21 de septiembre de 2015).

Si creemos que la salvación viene de Dios, de la misma manera debemos asumir que es necesaria una respuesta de nuestra parte. Pero el texto nos invita también a descubrir un rasgo propio de la respuesta personal, y es que las decisiones que tomamos, buenas o malas, tienen consecuencias sociales, repercuten en los demás.

Zaqueo, que era un hombre pecador, se encuentra con Jesús. Pero este encuentro no sucede de manera fortuita, sino que nace de la curiosidad de este hombre, que seguramente admiraba a Jesús en secreto.

Cuán transformante habrá sido el encuentro de Zaqueo con Jesucristo para que este hombre decidiera corregir el rumbo de su vida. Probablemente desde el momento en que Zaqueo con tanto interés buscó a Jesús, sabía que su modo de actuar no era el correcto y sabía que conocer a ese profeta le cambiaría la vida, aunque esto tuviera muchas consecuencias. Zaqueo, al subir al árbol, vence el respeto humano. Pone los medios necesarios para un encuentro cara a cara con el Señor. No imaginó que Jesucristo le pediría hospedarse en su casa. Y bajó del árbol rápidamente y lo recibió con alegría.

Qué actitud tan hermosa la de Zaqueo, que conociendo sus pecados, acepta al Señor y atiende rápidamente a su petición. Todos los cristianos podemos imitar esta actitud de prontitud ante los reclamos del Señor y una prontitud alegre, porque no hay mayor motivo de felicidad y alegría que Jesús nos llame y lo hace todos los días. Zaqueo no podía seguir siendo el mismo después de conocer personalmente a Cristo. Decide restituir a toda persona que haya engañado. Y Cristo, que conoce el corazón de cada hombre, le da la buena noticia: «Hoy la salvación ha entrado a su casa».

Te damos gracias, Señor, porque con un solo gesto tuyo nos das una gran lección. Al acercarte a Zaqueo nos animas a buscar y a encontrarnos con cualquier tipo de persona, especialmente si está necesitada. Queremos pedir tu ayuda y sentir tu fortaleza para compartir con todos la alegría de la salvación que tú nos traes.

Que María de la Caridad ponga a Jesús en nuestro corazón.

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