En esta Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, el relato de la muerte de Jesús del evangelio de Lucas nos muestra un gran contraste. Hay muchos que se burlan de Jesús, las autoridades, los soldados e incluso un ajusticiado como él. Lo tratan con desprecio, con sorna le dicen por qué no se salva a sí mismo. Jesús es ante sus ojos un fracasado iluso que hablaba de Dios como si fuera su Padre y proclamaba un Reinado de Dios basado en la misericordia, el perdón y el amor a todos sin distinción.
Por otro lado hay un hombre que ha hecho el mal y es sabedor de su culpa, ajusticiado también en la cruz junto a Jesús, malhechor e impuro ante los ojos de todos. Sabe que quien tiene al lado es Jesús. Lo llama por su nombre. Tal vez haya conocido las palabras y los signos del profeta de Nazaret que tanto ha proclamado el Reinado de Dios, un reinado que en nada se parece a lo evidente en esta tierra llena de poderes devastadores, generadores de injusticia, sufrimientos, muerte y maldad. Este hombre abre su corazón a Dios: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”.
Jesús dijo que el Reino de Dios no viene de manera estrepitosa. No hace ruido, casi no se nota. En el corazón de aquel hombre, llamado por la tradición “el ladrón bueno” el Reino de Dios se abre paso. Él cree y pide humildemente el perdón y se abre a la misericordia divina. Jesús rompe su silencio y a pesar de haber sido torturado y estar cercana su muerte, de sus labios vuelven a salir palabras de perdón y misericordia: Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso”. La salvación se hace real. Dios resucitará a Jesús y este la abre las puertas del paraíso.
La salvación, el Reino glorioso de Cristo, está unido a su cruz. ¿Cómo proclamamos los cristianos a Jesucristo Rey del Universo? Nuestro Rey, nuestro Dios, nuestro Señor Jesús murió en la cruz dando su vida, amando hasta el extremo, no cediendo a las fuerzas del mal, ejerciendo el bien hasta donde pudo hacerlo. Jesús nunca nos pidió que edificáramos cruces, que la hiciéramos una joya y nos la pusiéramos en el pecho o la usáramos como ornamento. Jesús lo único que nos pidió es que cada uno de nosotros cargáramos con ella, con la nuestra. Ser constructores del Reino de Dios es vivir cargando la cruz, identificarnos con amar a pesar de todo, hasta el final de nuestra vida. No ceder ante quienes sirven al mal y viven de él. Vivir respondiendo con justicia a la injusticia, con verdad a la mentira. Hacer el bien aunque nos cueste y nos insulten, nos maltraten o se burlen. Proclamar que Jesucristo reina se hace viviendo las bienaventuranzas.
¿Qué significa que Cristo reina en nuestro corazón y en nuestro mundo? Hay que mirar a la cruz y darnos cuenta de que estar junto al crucificado nuestro Señor es estar al lado de quienes están crucificados hoy. En este mundo y cada uno de nosotros en nuestro entorno convivimos con las víctimas. Son aquellos que sufren los zarpazos de la vida y de los grandes señores de este mundo que siembran sufrimiento y muerte. Llevar la cruz de Cristo es estar al lado de ellas. No huir de ellas, no silenciarlas, no pasar de largo. Estar a su lado es hacer de su causa, la nuestra. La Iglesia, los cristianos, no podemos caminar hacia el Reino de Dios de otra manera que haciendo camino con quien sufre. Así lo hizo Jesús.
Proclamar a Jesucristo Rey del Universo es testimoniar. Es decirle a los poderes de este mundo y a quienes ponen su corazón y su existencia en sus manos, que están muy equivocados y que aunque ahora ríen y gozan, maquinan y suben, su vida se encamina hacia el abismo. A lo largo de la historia y por tanto de la Iglesia, un número incontable de hombres y mujeres han sembrado y esparcido el Reino de Dios, un reino de bien, justicia, paz, dignidad y amor. Lo han hecho y lo hacen como Dios quiere. Han contado con la ayuda de Él. Él siempre logra el bien y sabe cómo hacerlo. Esta multitud de hombres y mujeres han mostrado el rostro más bello de nuestra humanidad. Nosotros con alegría queremos formar parte de esa humanidad nueva, esa creación luminosa y plena.
