Queridos hijos e hijas soy Mons. Juan de Dios Hernández, obispo de esta diócesis y me siento muy feliz de poder compartir con ustedes nuevamente.
El evangelio de hoy nos recuerda que enfrentamos un tiempo nuevo. Este nos invita a preparar el camino, allanarlo, hacerlo más transitable para encontrarnos con el que llega: Jesús.
La lectura de este primer domingo de Adviento es una invitación a la vigilancia. Para eso Mateo utiliza varias comparaciones: los días anteriores al diluvio, dos mujeres que muelen juntas, y la hora en que llega el ladrón. Ocurren cosas importantes que pueden pasarnos desapercibidas. Eso nos sucede porque estamos volcados en lo secundario y periférico.
Hoy el mundo tiene tantas invitaciones que es difícil decidirse y elegir. Se hacen en el sentido de bienestar, satisfacción y disfrute individual. Las podemos encontrar en cualquier nivel o estrato social. La felicidad se cifra en tener resueltas estas ofertas. Sin embargo, nos encontramos con muchos vacíos existenciales, sinsentidos y falta de horizonte. El Adviento debe ser razón para vivir, amar y esperar a pesar de lo duro del camino, porque Dios quiere encontrarse con nosotros.
“Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre”. Aquí, para aclarar su llamada a la vigilancia, Jesús recurre a dos episodios del Antiguo Testamento: Noé y el Hijo del Hombre. En los días de Noé, la mayoría de las personas vivían sin preocupaciones, sin darse cuenta que en los acontecimientos se acercaba la hora de Dios. La vida continuaba “y no se dieron cuenta, hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos”.
Y Jesús concluye: “Así será también la venida del Hijo del hombre”. En la visión de Daniel, el Hijo del Hombre vendrá de improviso sobre las nubes del cielo y su venida decretará el fin de los imperios opresores, que no tendrán futuro.
Jesús aplica la comparación a los que escuchaban:“Entonces estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado”. Estas frases no deben ser tomadas literalmente. Es una forma para indicar el destino que las personas recibirán según la justicia de las obras por ellos practicadas.
Para ello Jesús aporta la conclusión: ¡Vigilad! Es Dios el que determina la hora de la venida del Hijo. Pero el tiempo de Dios no se mide con nuestro reloj o calendario. Para Dios, un día puede ser igual a mil años y mil años iguales a un día. El tiempo de Dios es independiente de nuestro tiempo. Nosotros no podemos interferir en el tiempo de Dios, pero debemos estar preparados para el momento en el que la hora de Dios se hace presente en nuestro tiempo. Puede ser hoy, puede ser de aquí a mil años.
Dios viene cuando menos se espera. Jesús pide dos cosas: la vigilancia siempre atenta y al mismo tiempo, la dedicación tranquila de quien está en paz. Esta actitud es señal de mucha madurez, en la que se mezclan la preocupación vigilante y la tranquila serenidad. Madurez que consigue combinar la seriedad del momento con el conocimiento de la relatividad de todo.
¿Cómo vigilar para prepararse? La certeza nos viene comunicada por Jesús. Primero: llegará el fin con seguridad; segundo: ninguno sabe ciertamente ni el día ni la hora del fin del mundo. “Porque en cuanto a la hora y al día ninguno lo sabe, ni siquiera los ángeles del cielo, ni tampoco el Hijo, sino sólo el Padre”. A pesar de todos los cálculos que puedan hacer los hombres sobre el fin del mundo, ningún cálculo da la evidencia. Lo que da seguridad no es el conocimiento de la hora del fin, sino la Palabra de Jesús presente en la vida. El mundo pasará, pero su Palabra no pasará jamás.
Señor, concédenos la actitud permanente del Adviento. Que esperemos de manera activa y ese sea el estilo de nuestra vida. Que estemos siempre en proceso de discernimiento y liberación para el encuentro que quieres tener con nosotros. Que dejemos las actividades de las tinieblas para conducirnos, como en pleno día, con dignidad. Preparemos los caminos.
Que María, Virgen de la Espera, nos enseñe a esperar.
