Comentario radial de Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, Obispo de Pinar del Río, del evangelio del V domingo del Tiempo Ordinario, 5 de febrero de 2023

Queridos hijos e hijas, les habla su obispo, Mons. Juan de Dios Hernández, y como siempre me siento muy feliz de poder compartir con ustedes estos minutos.

En el Evangelio que acabamos de escuchar, Jesús decía que sus discípulos son la sal y la luz del mundo. El valor de la sal a lo largo de la historia de la humanidad tiene que ver con dos aspectos principales. La primera es que la sal tiene una función alimenticia, el mismo Jesús hace referencia a esta función al decir que “si la sal pierde su sabor ya no sirve para nada”, entonces el mismo Jesús nos indica que un motivo para usar este elemento en su parábola es el hecho de cambiar o condimentar el sabor de las cosas.

Otra de las funciones que ha tenido la sal a lo largo de la historia, es la de conservar los alimentos, en especial la carne, y dentro de este mismo contexto está la función terapéutica de la sal para desinfectar heridas corporales.

Además, en el Antiguo Testamento, la sal tenía un uso simbólico y de ritual. En el libro del Levítico (Lv 2,13) se indica a los israelitas que deberán acompañar sus ofrendas de harina con sal y esto será signo de la alianza entre Dios y su pueblo.

Los discípulos de Jesús son sal de la tierra, porque ellos hacen entrar en el mundo la alianza de Dios. Deben mantener en el mundo las inquietudes por la justicia verdadera y, con esto, impedir que las sociedades humanas se estanquen en la mediocridad.

Con respecto a la luz, esta sirve para iluminar la oscuridad. Para los hebreos la luz no es efecto del sol, sino un don creado por Dios y es lo que permite la seguridad, el conocimiento y la vida. Por tanto, la luz es un elemento relacionado con Dios y aplicado a la humanidad, es un signo del bien obrar. San Pablo en la carta a los Efesios (5,8) así lo hace notar: “ustedes en otro tiempo fueron tinieblas, pero ahora son luz en el Señor” y ello lo refiere a la bondad de las obras que deben practicar.

Como la sal y la luz cumplen su función, nuestra identidad como seguidores de Jesús se viste también de las mismas propiedades de la sal y la luz: hacer visible el reino de Dios.

El domingo anterior reflexionábamos en torno a las bienaventuranzas. Con el Evangelio que escuchamos hoy descubrimos que los discípulos que han adoptado una vida según las bienaventuranzas son sal de la tierra y luz del mundo, lámpara para los que habitan en la casa. Dios ha puesto en cada uno la capacidad de salar y de alumbrar. Ahora deben poner en marcha su capacidad de dar sabor cuando parece que todo ha perdido su “ser”, su “gracia”, cuando la oscuridad  se apodera de la vida y las cosas no pueden distinguirse con nitidez. Es nuestra misión en el corazón del mundo, en medio de las gentes.

Nuestra presencia en este mundo implica una tarea y una misión. Nuestra vocación y misión consiste en ser sal y luz para los demás. No vivimos para nosotros solos, sino que vivimos para los demás. Es decir, vivimos en este mundo para dar testimonio de la buena noticia de Jesús. Para que esta tarea se haga realidad, todos debemos aprender del mismo Señor. Jesús exige a cada uno obrar según sus enseñanzas. Quiere que demos frutos. ¿Qué frutos espera el Señor de nosotros?

Señor Jesús, gracias por la misión que nos has encomendado de ser luz y sal para la humanidad. Ayúdanos a ser conscientes de esta tarea y que de este modo nuestra vida se convierta en un testimonio vivo de tu presencia.

Que María de la Caridad nos acompañe siempre.

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