Queridos hijos e hijas, les habla su obispo, Mons. Juan de Dios Hernández, y como siempre me siento muy feliz de poder compartir con ustedes estos minutos.
Hoy, el evangelio toca un tema muy difícil para todos porque viene a decirnos: “querido enemigo a ti también te quiero”.
A todos nos resulta fácil querer a las personas con las que somos afines, con las que simpatizamos y nos encontramos a gusto, pero amar a los enemigos ya es otra cuestión. Jesús va más allá, nos pide que los amemos también a ellos. Esto nos sorprende igual que sorprendiera a los hombres de su época, pero Jesús ha descubierto que Dios no es violencia, no es rechazo ni castigo, sino que es un Padre todo amor y toda bondad. Es un Padre que ama a todos. No distingue entre hijos. Para Él todos somos iguales. Por todo ello, cuando descubrimos en nuestra vida el amor de Dios no podemos introducir en ella la violencia, ni el desprecio por los demás, tampoco el odio o la desidia.
Hoy seguimos reflexionando sobre las bienaventuranzas de Jesús. Hoy su enseñanza se centra en el tema de la no violencia. Es decir, no devolver mal por mal, sino responder al mal con el bien. Es una exigencia moral muy alta. Apunta a lo máximo. No solamente quedarse en cumplir lo que está escrito, sino apuntar más alto. El modelo que hemos de seguir es la vida de Dios, que es perfecto.
El perdón y el amor a los enemigos es la nota característica del cristianismo. Da a la caridad fraterna su verdadera fisonomía, que es la misericordia, la cual, como lo confirmó Jesús en su Mandamiento Nuevo, consiste en la imitación de su amor misericordioso. El cristiano, nacido de Dios por la fe, se hace coheredero de Cristo por la caridad
Nuestra única ley y norma de vida es Cristo. Este exige a sus seguidores una ética y moral muy alta. Hay que superar las exigencias de los fariseos y los maestros de la ley. Hay que imitar la perfección de Dios mismo. ¿En qué consiste esta perfección de Dios? En fomentar el espíritu de no violencia, de paz, de concordia, de solidaridad, de acogida y de respeto mutuo. El horizonte de nuestra vida es siempre el hermano, el prójimo- ¿Cómo dignificar al hermano?
El mundo en que vivimos sería realmente diferente si creyéramos en la fuerza del amor. La experiencia nos demuestra que donde se ha sembrado el rencor, sólo se han cosechado frutos amargos. El amor es la cura para tantos males que padece el mundo. El remedio para la soledad, el abandono y la tristeza es el amor. Con la fuerza del amor nos podemos enfrentar a los retos que nos va a presentar la vida. Un amor que nos libera de nuestro egoísmo y nos ayuda a abrirnos a los demás.
Señor Jesús, gracias por tus palabras que nos recuerdan la necesidad de favorecer la paz entre nosotros. La violencia solo puede generar más violencia y víctimas. Ayúdanos a fomentar el espíritu de paz y de armonía para que así todos juntos crezcamos como hermanos.
Que María de la Caridad nos acompañe siempre.
