Queridos hijos e hijas, les habla su obispo, Mons. Juan de Dios Hernández, Obispo de esta diócesis vueltabajera.
Acabamos de escuchar el relato de la transfiguración, el cual, en los evangelios está estrechamente relacionado con el inicio del camino hacia Jerusalén, hacia la cruz.
Antes de que se presente la pasión, Jesús quiere afianzar la fe de los suyos en él; pretende desterrar el desánimo dejando clara su victoria final, su resurrección. El pasaje está construido sobre un género literario llamado “teofanía”, es decir, relato de la manifestación divina, y está cargado de sugerentes alusiones al Antiguo Testamento, como la presencia de dos grandes profetas, Moisés y Elías, o la voz del cielo.
Pensemos lo hermoso que sería para Pedro, Santiago y Juan, acompañar a Jesús al monte Tabor de Israel situado junto a Nazaret, para ser testigos de su transfiguración y poder escuchar la voz del Padre.
Sin embargo al mismo tiempo, no se puede escapar la dificultad que a veces tenemos los cristianos para estar al lado de Jesús tanto en las alegrías como en el sufrimiento.
Jesús iluminó su camino de abandono y soledad, dialogando con el Padre que le proclama como su Hijo amado. El Padre sella con su presencia luminosa el camino de su Hijo, el camino de la cruz, el camino de la luz y de la esperanza.
Para estos tres discípulos que se les otorga el privilegio de una experiencia singular y que presencian el acto, el misterio de la persona de Jesús se les desvela por un momento.
El candor deslumbrante de sus vestidos habla por sí mismos de su gloria. Las figuras de Moisés y Elías conversando con Él, indican que la ley y las profecías se cumplen, siendo el Mesías esperado que colma todas las promesas y esperanzas al tiempo que el testimonio del propio Dios confirma y culmina la revelación: Es su Hijo amado.
A esta experiencia singular le sigue la imposición de silencio por parte de Jesús con un límite determinado: la Resurrección del Hijo del Hombre. La razón parece evidente. Solo a la luz de la resurrección será posible comprender la transfiguración en todo su alcance.
Y estoy convencido de que también ahora Jesús nos llama para ir con El al Tabor y allí en la altura, entablar un diálogo con los grandes orantes de la historia, Moisés y Elías; un diálogo en el que debemos encontrar nuestra iluminación, nuestro aliento y la fuerza para afrontar los retos de nuestra existencia cotidiana; porque es ahí en el diálogo con el Señor, donde descubrimos el sentido último de cuanto vivimos y somos.
Pero no podemos quedarnos siempre en el Tabor, hemos de bajar, hemos de afrontar la vida con los demás, hemos de transformar nuestra condición humana sin separarnos de los otros; hemos de entregar el amor sin esperar nada a cambio.
A los primeros cristianos les asustaba seguir a un Señor crucificado. También a nosotros hoy. Este relato pretende abrirnos los ojos y situarnos al final del camino. Las vestiduras blancas, signo de victoria, nos animan y alientan en medio de las dificultades. Es un modo de decir: “¡Adelante! Está asegurada la victoria de Jesús sobre la cruz, su resurrección. Síganle llenos de confianza. Emprendan, como hijos de Dios, el camino de la obediencia a la voluntad del Padre, aunque este camino pase por el Calvario.
Que María de la Caridad, Mujer fiel a la voluntad de Dios, nos acompañe siempre.
