Queridos hermanos, el prefacio de la eucaristía de este segundo domingo de cuaresma resume perfectamente el mensaje pastoral y litúrgico de dicho domingo: [JESUS] después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria para testimoniar, de acuerdo a la ley y los profetas, que la pasión es el camino de la resurrección.
Nos encontramos ante la Transfiguración del Señor: superada la prueba del desierto, Jesús asciende a lo alto de la montaña para orar. Es éste un lugar donde se produce el encuentro con la divinidad. El rostro iluminado y los vestidos que “brillan de blancos” reflejan la presencia de Dios. Como algunos rostros ofrecen a veces signos de esta iluminación, son como un reflejo de Dios. Se nota su presencia en ciertas personas llenas de espiritualidad, que llevan a Dios dentro de sí y lo reflejan en los demás.
La cuaresma, como la vida, es un camino, y, desde luego, que este camino tiene su parte de sufrimiento y de pasión. Esta vida no es un paraíso, ni una tierra prometida ya conquistada; esta vida es un camino difícil que debemos recorrer con esfuerzo y con capacidad de sufrimiento y ánimo esforzado. Sólo de los valientes y esforzados es el Reino de los Cielos. Quien no esté dispuesto a asumir la cuota de pasión que tiene siempre el camino de la vida no podrá llegar nunca a la meta de una resurrección gloriosa y anhelada. Los cristianos debemos tener esto siempre muy claro, porque este fue el camino que recorrió nuestro Maestro y Salvador: por el camino de la pasión llegó a la meta de la resurrección.
En el Evangelio de hoy nos encontramos con tres apóstoles contemplaron el esplendor de su gloria, también estos tres apóstoles predilectos de Cristo contemplarán la humillación extrema del Maestro en Getsemaní; vieron cómo el Señor quedó abatido por el temor, y escucharon su oración dolorida.
Los apóstoles contemplan como junto a Jesús aparecen Moisés y Elías, representantes de la Ley y los Profetas. Este detalle quiere mostrarnos que Jesús está en continuidad con ellos, porque no viene a abolir la ley y los profetas, sino a darles plenitud. Porque Jesús es el Hijo, el amado, el predilecto. La voz de Dios que viene de lo alto nos recuerda al momento inicial del bautismo en el Jordán. Solo podemos hacer una cosa ante el Hijo amado de Dios en quien se complace: “¡escuchadlo!”
Abraham escuchó la voz de Dios y salió de su tierra en busca de la tierra prometida por Dios. Por su confianza en Dios y su obediencia será bendecido con un gran pueblo. Hoy podemos preguntarnos ¿mi confianza en Dios es tal que estoy dispuesto a salir de mi mismo, de mi tierra, de mis seguridades, de mi área de confort, para ponerme en camino y dejarme guiar por Dios?
Lo que Dios nos propone es lo que debe hacer todo seguidor de Jesucristo. La gran tentación es quedarse quieto, porque “en la montaña se está muy bien”. Hay que bajar al llano, a la vida diaria, de lo contrario la experiencia de Dios no es auténtica. No podemos refugiarnos en un puro espiritualismo que se desentiende de la vida concreta. Escuchemos a Jesús y hagamos su palabra vida en nosotros, encarnémosla en nuestra realidad. San Pablo, en la segunda lectura de este domingo, recordaba a Timoteo que debía tomar parte en los duros trabajos del Evangelio, con la ayuda de Dios. Somos ciudadanos del cielo, pero ahora vivimos en la tierra y es aquí donde debemos demostrar que Dios transforma nuestro cuerpo humilde y nos hace vivir como hombres y mujeres renovados. ¿Cómo vivo mi fe, soy coherente, soy capaz de encarnar mi fe en la vida concreta?
