Queridos hermanos,
Este tiempo de Cuaresma es especial para prepararnos a la celebración de los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Y por lo tanto un tiempo en el que los catecúmenos son invitados a dar, con mayor entrega, los últimos pasos en su preparación para recibir los sacramentos de iniciación cristiana. Los textos de este IV Domingo de Cuaresma nos hablan de la importancia de Cristo en nuestra vida a través de la imagen de la luz.
Para elegir al Rey David fue necesario ver como Dios, quién ve dentro, en el corazón del hombre. En la Segunda lectura San Pablo nos recuerda que estar sin Cristo es estar en tinieblas, en y con Cristo, podemos caminar en la luz. El texto del Evangelio de Juan plantea un concepto muy arraigado en esa época y es que la enfermedad era considerada como castigo del pecado. Por lo tanto el ciego de nacimiento o sus padres serían los culpables. Este hombre ciego tuvo la dicha de encontrarse con quien podía iluminar su vida. Tanto sus ojos como su corazón. Ni siquiera él ha pedido ser curado de su ceguera. Vivía sin tener idea de que era lo bello, lo hermoso. Tampoco podía disfrutar de la variedad de colores, todo era para él noche, tinieblas. Como los ciegos se desenvuelven gracias al tacto y al oído probablemente escuchaba la conversación de los discípulos con Jesús y no dudó ni un momento en hacer lo que aquel hombre, desconocido para él, le pedía. Después de lavarse en la piscina de Siloé y de recuperar la vista continúa su proceso de iluminación, pero no ya de sus ojos, sino de su corazón, de su vida. Irá desde el simple conocimiento de un desconocido, que sin él saber cómo, ni por qué, le ha concedido ver, hasta descubrir que ese es también quien le dará sentido a su vida porque la va a iluminar.
Encuentra en Jesús el por qué y para que de la vida. Que ya no será solo vivir el día a día de comer y dormir o asearse. Aprende que en su corazón pueden latir sentimientos y vivencias llenas de lo más puro, de lo más noble, o sea de la presencia de Dios. Y que esta presencia lo va a impulsar a hacer con otros lo que hicieron con él, dar luz y sentido a la vida. Para ser vivida en entrega y fraternidad. Además, este “ex-ciego”, es un hombre agradecido y se compromete con la verdad. A diferencia de sus padres que no expresan su gratitud sino su cobardía ya que ellos en lugar de agradecer y reconocer la verdad sobre la curación de su hijo, se dejan dominar por prácticas injustas y prejuiciadas. El hijo no se amilana sino que defiende con decisión sus principios. Vive en la gratitud, en la verdad y en la fe.
¿No les parece que todos nosotros debemos dejarnos permear como el ciego de esa iluminación que solo Cristo puede dar? ¿Cuántos frutos daría esto?
