Queridos hijos e hijas, les habla su obispo, Mons. Juan de Dios Hernández, Obispo de esta diócesis vueltabajera.
El pasaje del Evangelio que acabamos de escuchar hoy tiene como contexto la Última Cena. El Señor Jesús dijo a sus discípulos: “Si me aman, guardarán mis mandamientos, y yo pediré al Padre que les envíe otro defensor para que esté siempre con ustedes”. Aquí se nos revela el corazón orante de Jesús, su corazón filial y fraterno. Esta oración alcanza su cima y su cumplimiento en la cruz, donde la invocación de Cristo es una cosa sola con el don total que él hace de sí mismo, y de ese modo su oración se convierte- por decirlo así- en el sello mismo de su entrega en plenitud por amor al Padre y a la humanidad”, así nos lo recuerda el Papa Benedicto XVI en su homilía del 23 de mayo del 2010.
Jesucristo en este pasaje nos habla con mucha intimidad y claridad. Amar al Señor significa cumplir sus mandamientos, pues el amor auténtico se manifiesta en las obras. El Señor conoce nuestras debilidades humanas y por eso vivifica y ayuda con el don del Espíritu Santo. Quienes aman a Dios tienen la gracia de reconocer sus manifestaciones de amor en la sencillez y simplicidad de la vida cotidiana.
Obras son amores y no buenas razones. Nosotros como católicos estamos llamados a expresar nuestro amor a Jesús a través de nuestras acciones. Cristo mismo nos ha señalado, de forma concreta, el cumplimiento de sus mandamientos que están dirigidos hacia el amor a Dios y al prójimo como a nosotros mismos. “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.” (Deus Caritas Est, n. 1). Para amar a Dios y a nuestro prójimo es necesario encontrarnos con Jesucristo en la oración. Pidámosle al Espíritu Santo que nos ilumine y guíe en el conocimiento y amor del Señor.
Ya desde ahora, el Evangelio nos presenta una de las promesas más grandes que Cristo le hizo a sus apóstoles, y, por ende, a nosotros: enviarnos al Paráclito, y nos dice que Él mismo le rogará al Padre. Realmente es una cosa maravillosa, increíble y espectacular, que Cristo mismo está intercediendo por nosotros ante su Padre y nuestro Padre para que nos envíe al Paráclito.
También el texto nos menciona que el Espíritu Santo habita entre nosotros y que es un Espíritu de verdad y por lo tanto viviremos en la verdad. Pues bien, tenemos que reconocer que somos templo del Espíritu Santo, pero una pregunta que nos podríamos hacer es revisar cómo tenemos la casa de nuestra alma. ¿Realmente podemos decir que el Espíritu Santo puede habitar en cada uno de nosotros hoy? ¿O tenemos que pedirle una prórroga para que regrese otro día? Justo ahora, antes de la fiesta de Pentecostés, deberíamos realmente examinarnos y ver cómo es nuestra casa, cómo está el templo de nuestra alma en la cual habita el Espíritu Santo.
En este mes de mayo que festejamos de una manera singular a la Santísima Virgen, debemos aprender de Ella quien fue la gran portadora del Salvador, por medio del Espíritu Santo, en quien siempre obraba cosas maravillosas. Les invito a que vivamos este tiempo como lo hizo la Virgen María, a la espera del Espíritu Santo, en íntima oración con sus más cercanos.
Que María de la Caridad, nos acompañe siempre.

GRACIAS!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
EN COMUNION DE ORACIONES POR UCRANIA GRACIAS Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz «Ahogar el mal en abundancia de bien». San Josemaria Escriva (cf Lumen gentium 61) AMDG Saludos René HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO
“Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49).
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