En este VI domingo de Pascua la liturgia, por medio de las lecturas y oraciones nos continúa recordando que Jesús ha resucitado y ha sido exaltado y se encuentra en perfecta comunión con el Padre, comunión a la que también nosotros podemos aspirar porque queda a nuestro alcance. Los textos de hoy nos ponen en sintonía con lo que celebraremos en los próximos y últimos domingos de Pascua: la Ascensión del Señor y la Venida del Espíritu Santo.
Es el inicio del evangelio de San Juan que leemos hoy: “si me aman y guardan mis mandamientos pediré al Padre que les envíe el Espíritu de la Verdad, el Paráclito, que esté siempre con ustedes”. Jesús sube al Padre (Ascensión) y nos envía el Espíritu Santo (Pentecostés).
Es Jesús quien se dirige directamente a cada uno de los que tratamos de encontrarlo. Y nos dice que amarle y guardar sus mandamientos son inseparables y se convierten es una misma cosa: si guardamos los mandatos del Señor es porque lo amamos y si lo amamos no tenemos más remedio que guardar y seguir amorosamente por el camino que él nos marca. Y si estamos amando a Cristo se verá en que nos amamos los unos a los otros, porque en eso consiste el mandamiento de Cristo.
Por eso necesitamos saber cuáles son los mandatos que nos deja Jesús. Y estos no son otra cosa que su misma palabra y su palabra es él mismo: su vida de servicio y su misión de amar hasta el extremo, para que todos tengan vida y acojan la verdad. Por tanto, se trata de creer en Jesús y seguir su ejemplo en el servicio y en el amor desinteresados.
En la segunda lectura de la liturgia de este domingo, Pedro nos recuerda que la esencia de nuestra fe y esperanza es Cristo muerto y resucitado. Pedro nos anima a que estemos preparados para dar razón de nuestra esperanza a quien nos lo pida. ¿Lo estamos? ¿No es un anti testimonio de nuestra fe cristiana la ignorancia a veces absoluta que parecemos tener acerca de la esencia de nuestra fe? ¿se fundamente nuestra esperanza en la verdad, en la Palabra de Dios, en la vida y obra de Jesús que nos transmitieron los Apóstoles? ¿O se basa nuestra fe en las creencias populares o tradiciones familiares, bien intencionadas, pero supersticiosas y nada sólidas?
No nos hace seguidores o discípulos de Jesús sabernos de memoria su palabra o su doctrina, ni tener imágenes suyas por nuestra casa, ni rezarle oraciones o dirigirle cantos de alabanza. Lo que nos hace seguidores es que nos amemos los unos a los otros como Dios nos ama, eso es lo que dice Jesús mismo. Y eso, amarnos, es tener en nosotros, con nosotros, al Espíritu Santo, al Espíritu de Cristo. Eso es manifestar con nuestras obras, con nuestro amor, que nos mueve el mismo impulso, el mismo espíritu que dio vida y movió a Cristo toda su vida.
Porque si decimos que le amamos, pero nuestra vida no tiene que ver nada con lo que El nos enseña en el Evangelio, es que en el fondo no hemos dejado que El pase por nuestra vida. Por los frutos se conoce al árbol, por las obras de amor hacia nuestro prójimo se nos conoce como verdaderos cristianos. Cuando tenemos en nuestra memoria el mandato de Jesús, que no es otro que el amor mutuo, cuando observamos sus palabras y perseveramos en ellas demostramos que amamos a Dios. Y esta es la mejor forma que podemos encontrar para dar razón de nuestra esperanza como nos invita san Pedro en su carta.
La pregunta que indudablemente tenemos que hacernos cada uno de nosotros es esta: ¿yo vivo al estilo de Cristo? Los valores y las verdades que mueven y gobiernan mi vida ¿son los mismos valores y verdades que defendió siempre Cristo en su vida terrena y por los que estuvo dispuesto a morir? ¿Son estos mis valores, mis verdades? Si es así el Espíritu de la verdad habita en mí.
