¡Ven Espíritu Santo y concede a aquellos que ponen en ti su fe y su confianza tus siete dones!
El día de pentecostés, llamado en la antigua tradición como la “Pascua Roja”, nos recuerda que nuestro Señor Jesucristo cincuenta días después de su resurrección ya sentado a la diestra de Dios Padre envió, tal como había prometido, al Espíritu Santo sobre sus Apóstoles, quienes después de su Ascensión a los Cielos, continuaron rezando en Jerusalén en compañía de la Santísima Virgen.
Mañana, después de la reciente decisión del Papa, queremos venerar y celebrar la memoria de María, Madre de la Iglesia. El título que fue añadido a las letanías de María durante el Concilio Vaticano II por la petición de los obispos de Argentina y Polonia y aprobado después por la decisión del Concilio Vaticano II y el Santo Padre Pablo VI. María es al mismo tiempo como una figura y ejemplo que nos indica la ternura de la maternidad de la Iglesia. Iglesia que es también Nuestra Madre. Y la Iglesia Madre se inspira dela nobleza de María Madre de la Iglesia. El apresurarse para anunciar la buena nueva, como recuerda el lema de la Jornada Mundial de la Juventud en Lisboa, nos da la razón de proclamación de la Buena Nueva.
Recientemente se habla mucho de nuestra corresponsabilidad en la Iglesia para protegerla y no dañar su autenticidad e identidad, su apostolado por las ideas tal vez ajenas al Evangelio. Los Apóstoles que el día de Pentecostés comenzaron su misión de predicar y a bautizar, querían ser totalmente fieles a la enseñanza de Jesús. No se permitía ser selectivos en las indicaciones de la Buena Nueva. No seguían las modas o las imposiciones de la mayoría o de los poderosos. Hoy en el día del llamado “Nacimiento de la Evangelización de la Iglesia” podemos preguntarnos: ¿Amo mi Iglesia Madre? ¿Los desafíos de mi diócesis, de mi parroquia, de mi comunidad me preocupan o son para mi indiferente? ¿Estoy orgulloso del hecho de que pertenezco a la Iglesia de Dios? ¿O quizás, tal vez, tengo miedo o vergüenza decir soy cristiano, soy un católico?
Otro problema que aparece en las primeras comunidades cristianas es el aprovecharse de su posición en la Iglesia, usar la iglesia, mis funciones, mis conexiones con los miembros más influentes de la comunidad para mi ventaja privada. Este tipo de pensamiento ciertamente no es de Espíritu, no es amor, es solamente una pura calculación y perversidad. Tal vez la gente quiera aprovecharse de la Iglesia comprando los favores a través del dinero, de prestigio.
Hoy pedimos el Espíritu Santo para iluminar nuestra mente, nuestros sentidos. Infundir amor en nuestros corazones como cantamos en el antiguo himno Ven espíritu creador. No queremos cambiar el verdadero rostro de la Iglesia de Jesucristo. Sabemos que algunos con el pretexto del recién convocado Sínodo, muchas veces mal interpretado, mal entendido, crean situaciones donde las ovejas se hacen como pastores y los pastores olvidan de su misión de pastorear haciéndose ovejas. Como ha mencionado recientemente el Santo Padre: “El sínodo es el escuchar al Espíritu, es caminar juntos, pero no es un parlamento donde se vota sobre las verdades divinas las cuales un ser humano no tiene el poder de cambiar porque llegan directamente de la Voluntad de Dios”.
La segunda lectura de la primera Carta del Apóstol San Pablo a los Corintios nos muestra la verdadera identidad de la Iglesia. El apóstol dice: “en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común, no solo privado porque todos nosotros hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo”. Y la secuencia de la liturgia de hoy nos lo confirma. Sin tu inspiración divina los hombres nada podemos y el pecado nos domina. Lava nuestras inmundicias, fecunda nuestros desiertos y cura nuestras heridas.
¡Oh ven, Espíritu Santo!
