Mensaje radial de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, Obispo de Pinar del Río, en la Solemnidad del Corpus Christi, 11 de junio de 2023

Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios, Obispo de esta diócesis vueltabajera.

Hoy celebramos la presencia real de Jesús en la Eucaristía; es la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Por eso escuchamos en el Evangelio el discurso eucarístico que San Juan recoge para recordarnos que cada vez que nos acercamos a recibir la comunión, es al mismo Cristo a quien recibimos; es a Dios presente en las formas del pan y el vino.

Con tristeza nos encontramos con muchos fieles que se acercan sin la debida preparación, ya sea por desconocimiento, hábito, en fin, miles de motivos que nos alejan del real sentido que conlleva recibir a Dios en este sacramento.

Al acerarnos a comulgar debemos ser conscientes de lo que vivimos y prepararnos previamente para ello. Cada parte de la misa es un eslabón de esta preparación: reunidos en Asamblea celebramos la fe en un solo Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; sabernos pecadores y, arrepentidos pedir perdón por nuestras faltas, para luego alabar a Dios en el Gloria; escuchar las lecturas correspondientes y el comentario en la homilía, presentar nuestra vida en el altar junto al pan y al vino que serán consagrados, elevar nuestra oración como Iglesia, reviviendo el Sacrificio de Cristo en la Cruz, reconocernos hermanos y elevar juntos nuestra oración al Padre, compartir un signo de paz y fraternidad entre todos, doblar nuestra rodilla ante Dios que se hace presente en medio de nosotros, acercarnos con fe a recibirle, agradecerle el inmenso regalo de su presencia y sabernos enviados a vivir lo que hemos celebrado. Ese es el sentido de la Santa Misa, y si no la vivimos así, entonces nos aburrimos, no le damos la importancia que lleva y cualquier motivo puede distraernos.

Pero ahí está Dios, esperando con paciencia a que nosotros lo reconozcamos.

Hoy los invito a meditar un poco en la escena que acabamos de escuchar. Los judíos no entendían aquellas palabras de Jesús: ¿Cómo puede darnos a comer carne? Es el tipo de preguntas ingenuas que interrumpen los discursos de Jesús en este evangelio y que le permiten profundizar en tal o cual punto.

Jesús quiere que hagamos nuestro todo su ser humano, en su condición humilde y mortal, que es lo que significa carne y sangre; y él nos comunica su divinidad.

Todo el discurso ha recordado que hay un orden. El pan vivo es el propio Cristo, y también es su palabra, la palabra de quien es la Palabra, con mayúscula. La comunión sólo tiene sentido y eficacia si se da en el marco de una Palabra de Dios que los creyentes frecuentan regularmente, a través de la lectura y de la meditación bíblica, mediante liturgias en las que puedan escuchar, recapacitar, compartir, memorizar aquella Palabra.

Hoy, en muchas partes del mundo se niega el misterio. En otras, se nota una difundida mentalidad que no niega formalmente el misterio de Dios, sino la posibilidad de reconocerlo con la razón y adherirse a él libremente. En medio de ese mundo que insiste en olvidar a Dios, el Padre sigue diciendo a su Cristo, siéntate a mi derecha para presidir a mis hijos desde la Eucaristía.

La Iglesia quiere ayudar a la humanidad a encontrar nuevamente el misterio escondido desde siglos y manifestado en Jesucristo.

En la Eucaristía el alma se encuentra con Cristo en persona, y hace suyo y ofrece al Padre en su nombre su mismo sacrificio redentor, para ganar así para el mundo toda la gracia que necesita. La Eucaristía es el más excelente y sublime de todos los sacramentos, el fin al que se ordenan todos ellos. La Eucaristía es, pues, el centro de toda la vida cristiana, el medio más eficaz y poderoso para remontarnos a las más altas cumbres de la unión con Dios.

Al contemplar a Jesús en el Sagrario o al recibirlo en la Eucaristía, preguntémonos siempre: ¿Somos conscientes de lo que ha hecho Dios por nosotros? Ojalá cada día crezca más nuestra conciencia.

Que María de la Caridad, quien llevara en sus entrañas a la Palabra hecha Carne, ponga a Jesús en nuestro corazón.

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