En este Domingo XV del Tiempo Ordinario, la Iglesia nos presenta la parábola tan conocida del “Sembrador”, que nos enseña dos cosas muy importantes:
- La fuerza vital y transformadora de la Palabra de Dios,
- Y la necesidad de ser buena tierra. Es decir, tener una buena disposición para abrir las puertas de nuestro corazón para acoger esa buena semilla.
Jesús describe en la parábola cuatro casos diferentes de acogida o de rechazo a la Palabra de Dios.
El primero es aquel en que la semilla cae junto al camino, en un terreno duro. La semilla se queda en la superficie, no penetra en el suelo, y vienen los pájaros y se la comen. Así también la Palabra de Dios que cae en un corazón endurecido, no puede penetrar en él. Este hombre no se abre a la Palabra; para él no es más que un sonido que escucha con los oídos pero no llega a su corazón. En este caso la Palabra no produce ningún fruto.
A continuación presenta dos casos opuestos entre sí: uno de dificultad y otro de excesiva facilidad. El primero es un caso de acogida superficial, que no tiene consecuencias profundas para la propia vida. Jesús compara a este hombre con la semilla que cae en terreno pedregoso, donde no hay bastante tierra. De manera semejante, las personas superficiales e inconstantes, en cuanto llega una tribulación o una dificultad, no son capaces de resistir y simplemente se van.
El caso opuesto es el de la excesiva facilidad, es decir, el que se produce cuando la Palabra es sembrada en una situación en que todas las cosas son fáciles, con muchos atractivos y muchos planes seductores. Entonces queda ahogada la Palabra, como la semilla entre las espinas. La Palabra no puede producir fruto en aquellas personas que quieren acogerla sin renunciar a muchas cosas agradables y que parecen interesantes, pero que carecen de valor.
Por último tenemos el caso de la Palabra sembrada en tierra buena: la Palabra se escucha con atención, es objeto de reflexión, de meditación, a fin de comprender y vivir sus exigencias y sus promesas. De este modo, el hombre comprende y se abre cada vez mejor a la Palabra. En este caso “dará fruto y producirá, como dice Jesús, ciento o sesenta o treinta por uno”: esta es la tierra buena…
Jesús compara la Palabra de Dios con la semilla. Él es el sembrador, ha venido a comunicarnos esa palabra; más aún, Él mismo es esta Palabra, el Verbo de Dios. Pero nosotros debemos abrirle nuestras puertas, las puertas de nuestro corazón.
Es posible que no estemos suficientemente convencidos de la presencia de esta fuerza vital en la Palabra de Dios, y que muchas veces no tengamos esa disposición para acoger esa semilla en nuestro corazón: las preocupaciones, la escasez, la desesperanza, son realidades que atentan y que nos alejan de ser buena tierra para acoger esa semilla.
Hermanos esta dura realidad que vive hoy la familia cubana no puede ser obstáculo para la oración, para nuestro diálogo con Dios, Él es el único que puede aligerar nuestra carga. Recordemos el evangelio del domingo pasado donde nos decía, que todo el que se sienta cansado y agobiado que descansara en Él, porque su yugo es suave y su carga ligera.
Hermanos la Palabra de Dios es la fuerza vital que es capaz de cambiar el mundo y transformar nuestra vida, nuestra familia, nuestra persona.
El Evangelio de hoy nos impulsa a realizar un examen de conciencia:
¿Acogemos nosotros verdaderamente la Palabra de Dios cada domingo? ¿La homilía nos impulsa a reflexionar comprender y abrirnos mejor a ella?
¿A cuál de las categorías de personas presentadas por Jesús en el Evangelio nos semejamos?
Si leemos la Palabra con atención y después la meditamos, contemplando el Plan de Dios contenido en ella, la Palabra echará verdaderamente raíces en nosotros, arraigará en nuestro corazón y producirá frutos abundantes. Este fruto es una vida generosa, una vida hermosa, una vida en la que podemos estar contentos y en la que sentiremos la alegría y la paz de Dios.
