El domingo pasado el evangelista Mateo nos proponía la enseñanza de Jesús a sus seguidores por medio de la parábola del sembrador y explicándola después. Este domingo se nos proponen 3 nuevas parábolas (la del trigo y la cizaña, la de la semilla de mostaza y la de la levadura) y Jesús da la explicación de la primera de ellas. Es la forma en que Jesús nos predica sobre el Reino. En los evangelios encontramos hasta 10 parábolas del Reino. Esta vez vemos que el Reino es la buena semilla sembrada en el campo, que está en peligro por la cizaña que siembra el maligno; es como el grano de mostaza y la levadura que, aunque diminutos en origen, van actuando. Las tres nos hablan de vida y de crecimiento, pero también del peligro que acecha e impide la realización del reino de Dios. Porque el Reino “no es de este mundo”, pero comienza aquí, en este mundo, aunque todavía no ha llegado a su plenitud. Es el “ya, pero todavía no”.
Jesús nos dejó bien claro que su Reino no es como los reinos de este mundo. En él es primero el que es último, es decir el que sirve, no el que tiene el poder. Es un reino que no surge de manera espectacular sino de manera silenciosa y humilde.
La consecuencia que se deriva del establecimiento del Reino en este mundo es que tenemos que trabajar para que haya unas condiciones de vida en las que reine la justicia, la paz y la fraternidad. Mientras esto no se consiga, no podemos estar contentos. No debemos huir del mundo, sino implicarnos en su transformación aquí y ahora, el Reino no va a llegar si nuestra actuación es la espera pasiva o la huida. Es decir, todos somos responsables de la construcción de la mejor sociedad. Debe crecer y extenderse como el grano de mostaza y nosotros ser levadura que fermenta la masa de nuestro mundo. Difícilmente lo conseguiremos con la huida para no enfrentar los problemas que tenemos delante.
Dios demuestra que es paciente con todos, bueno y clemente, como proclamamos en el salmo. Su juicio será al final de la historia, dejando mientras tanto que convivan el trigo y la cizaña. Es lo más sabio que podía hacer, aunque no sea lo que haríamos nosotros, que seguramente desearíamos arrancar la cizaña cuanto antes. Gracias a esta divina paciencia nosotros podemos llegar a dar frutos a pesar de que en nuestra vida y obras algunas veces se haga presente la cizaña, pero Dios no juzga por las apariencias y sabe distinguir quién actúa bien y quién actúa mal. Deja que crezcan juntos, pero Al final separará a unos de otros. ¿En qué consistirá el juicio? Se nos examinará del amor, decía San Juan de la Cruz. Se nos juzgará de nuestro compromiso por el Reino. Y ese examen no consiste en una prueba final, sino que es una evaluación continua que se realiza todos los días. Los que no se comprometen a nada por escrúpulos, por miedo o por pereza son los más culpables de todos. Quizá no hicieron nada malo, pero tampoco hicieron nada bueno cuando estaba en sus manos hacerlo. Debemos preguntarnos ¿Qué hacemos para construir el Reino?
