La escena de la Transfiguración del Señor nos adentra en el sentido profundo de las palabras del profeta Isaías. “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz”.
Efectivamente, cuando sus discípulos lo vieron resplandeciente y lleno de Gloria, pudieron darse cuenta de cuál era el destino y alcance de su misión como luz de las gentes y gloria de su pueblo. Inesperadamente, en medio del deslumbramiento entran en escena Moisés y Elías, testigos de la revelación divina en lo alto del Sinaí. Es entonces cuando se escucha la voz Celeste del Padre. Este es, mi hijo amado, escúchenlo. Los discípulos, rostro en tierra, postrados en adoración, en actitud reverencial ante la presencia trascendente de la divinidad y con temor, escuchan las mismas palabras pronunciadas en el bautismo de Jesús, pero esta vez con una advertencia final: “Escúchenlo”.
Si Dios habló en el pasado a su pueblo por medio de los profetas, ahora en este nuevo Sinaí les habla por medio de su Hijo Amado. Los discípulos escuchan la voz del Padre. El gran desafío para los hombres y mujeres de nuestro tiempo será aprender a escuchar la voz de Dios en medio de otras voces. La diferencia entre oír y escuchar radica en la resonancia que la voz tiene en el corazón y los sentidos. Oír normalmente no toca la sensibilidad humana y mantiene al ser humano al margen de los acontecimientos. Pero escuchar con capacidad contemplativa abre en el corazón espacios de búsqueda y discernimiento. El temor que sienten los discípulos nace de la experiencia de una presencia que Jesús busca constantemente en la soledad y en el silencio.
La voz del Padre confirma la identidad del Hijo. Quien ha contemplado el rostro del Hijo ha escuchado la voz del Padre no puede permanecer indiferente ante los rostros y las voces de nuestro tiempo. Somos llamados a contemplar los rostros y las voces de quienes sufren. Somos llamados a contemplar los gestos solidarios de quienes creen en un mundo y una sociedad distinta.
Donde ese reino de amor se viva como lo hizo Jesús. No hay amor más grande que dar la vida. Toda contemplación debe traducirse en un compromiso real. Quien asuma la invitación del Padre de escuchar al Hijo Amado podrá ser testigo de un Jesús de Nazaret que sigue transfigurando a muchos rostros, desfigurados por la tristeza y el sinsentido. Rostros que hacen visible la belleza pascual del rostro del Crucificado.
Amén.
