Mensaje radial de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, Obispo de Pinar del Río, del XXI domingo del Tiempo Ordinario, 27 de agosto de 2023

Queridos hijos e hijas les habla su Obispo, Mons. Juan de Dios, Obispo de esta amada diócesis.

Hoy escuchamos a Jesús haciendo un sondeo para saber hasta qué punto los suyos lo conocen. El resultado del sondeo es muy variado. El único que ha acertado en su respuesta es Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Esta respuesta no es garantía de que Pedro comprendió bien lo que acababa de decir. Tiene que hacer un proceso, que le llevará toda la vida, para descubrir el significado verdadero de esta confesión.

La pregunta “¿quién es…?” es algo fundamental, pues implica una noción y una relación. Al final, la pregunta culmina en un reconocimiento y una nueva misión. Jesús revela que Pedro ha sido capaz de dar esta respuesta porque su Padre es el que lo inspiró.

La misión de Pedro es pastorear los rebaños del Señor. Los rebaños son propiedad de Jesús y la tarea de Pedo es simplemente cuidarlos. Pedro recibe un encargo para que sus rebaños crezcan con libertad. La vocación de Pedro es favorecer que cada rebaño desarrolle su propia vocación.

Pedro queda conferido príncipe del colegio apostólico por ser el primero que confesó al Señor, fue constituido piedra de la Iglesia y custodio de las llaves del reino. Se le impone el nombre por su profesión de fe; se le confiere el título en razón del poder otorgado, cuando mereció escuchar de labios del Señor: Y yo te digo, es decir, como el Padre te ha revelado mi divinidad, así yo doy a conocer tu excelencia, porque tú eres Pedro, mientras que yo soy la piedra inamovible, la piedra angular, que he hecho de los pueblos una sola cosa. Yo soy el cimiento fuera del cual nadie puede colocar otro, pero tú también eres piedra, porque te apoyas en mi fortaleza, de modo que los poderes que me son propios, los comparto contigo por participación. Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Sobre esta roca —dice Jesús— levantaré un templo para la eternidad y de esta firmeza de fe se alzará hacia el cielo la grandeza de mi Iglesia.

Contra esta confesión nada podrán los poderes del infierno ni las cadenas de la muerte la amordazarán. Esta voz es voz de vida y así como eleva hasta el cielo a sus confesores, arroja al infierno a sus negadores. Por eso se le dice a Pedro: “Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.”

¡Qué inmensa bondad! Que un hombre todavía en la tierra tenga poder sobre los cielos. El mundo tiene a su alcance el reino de Dios, con sólo recurrir a Pedro. Puso a Pedro, el portero del cielo, para que le representara en la tierra, a fin de que a nadie le resultara difícil el acceso al cielo.

Estos poderes pasaron, es verdad, a los demás apóstoles y la institución de este decreto se fue transmitiendo más tarde a los sucesivos jefes de la Iglesia. Y sin embargo, no sin motivo se confía a uno, lo que a todos iba destinado. Se le confía singularmente a Pedro, porque la conducta de Pedro es presentada como modelo a todos los responsables de la Iglesia. Hoy Pedro se llama Francisco, y antes Benedicto XVI, y antes San Juan Pablo II, y así podemos continuar una línea ininterrumpida de sucesores de aquel apóstol escogido, porque supo reconocer a Dios en Jesús, supo llorar y arrepentirse cuando se equivocó y negó al Maestro, supo hablar en Jerusalén enfrente de quienes habían crucificado a su Señor y anunciarles que Cristo había resucitado, supo darle al paralítico lo más grande que tenía: su fe en Jesús para que se levantara de su realidad.

Señor Jesús, haz encargado a Pedro una misión de guiar tus rebaños que somos todos nosotros. Haz que tus pastores nos guíen conforme a tu Palabra.

Que María de la Caridad, ponga a Jesús en nuestros corazones.

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