Mensaje radial del P. José Alberto Escobar Marín, OSA, de la Diócesis de Ciego de Ávila, del  XXI domingo del Tiempo Ordinario, 27 de agosto de 2023

Pedro fue un hombre de fe. Nuestras cualidades personales hablan de quienes somos y cómo somos. A menudo decimos » ese hombre es un buen profesional, esa mujer es una estupenda doctora, ese artista es un excepcional cantante».

Pedro, el discípulo y apóstol de Jesús fue un hombre de fe.

Mirar a Pedro y su fe en Jesús es interrogarnos por saber cómo es nuestra fe y a qué fe estamos llamados.

La fe.

No me refiero a la fe como práctica de unos ritos o como proclamación de unas fórmulas religiosas. Esta puede ser simplemente una fe heredada, un hábito o una costumbre aprendida desde niño. Puede ser unas palabras de moda que por repetirlas de cualquier manera a lo más que lleva es a parecernos a esa pintura dada a brochazos con escoba que sólo dura unas tardes de lluvia. Todo apariencia todo superficialidad.

La fe es otra cosa. Me refiero a una fe vivida, a una fe como experiencia interior e iluminadora del alma, al alma de la fe, no a su cuerpo o estructura externa. Esta fue la fe que hizo exclamar a Pedro, ante la pregunta de Jesús: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Jesús le responde: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque esto no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Pedro era un fiel practicante de la Ley judía, la había aprendido desde niño, pero en este momento se había encendido en su alma la vivencia profunda de una fe distinta, de una fe en Jesús, como Salvador del mundo. Esto no era fruto de un aprendizaje, ni siquiera de un esfuerzo personal consciente, esto fue una revelación directa de Dios, un auténtico don de Dios. Por esto Jesús llama a Pedro ¡dichoso!, porque el Padre Dios ha tenido a bien revelarle esta fe; es una fe que le llena el alma de alegría, que le ilumina la vida, que le dará fuerzas para caminar hasta la muerte en pos de su Maestro. Esta fe, como don de Dios, es la que debemos pedir nosotros todos los días, porque es seguro que Dios quiere dárnosla, pero necesita que le abramos las puertas de nuestro corazón, que le invitemos, llenos de amor, a apoderarse de nuestras vidas. Seguro que si vivimos llenos de esta fe en Dios, en el Dios de Jesucristo, será el mismo Jesús el que nos llamará: ¡dichosos! El paso de una fe heredada a una fe personal, responsable y viva, es un paso no sólo importante, sino imprescindible en la vida de un cristiano.

Señor Jesús ayúdame a abrir mi mente y mi corazón a Ti. Ayúdame a cuidar y fortalecer mi fe en Ti. Señor ayúdanos a compartir la fe y ser hermanos en tu Iglesia. Señor Jesús que mi fe, nuestra fe, tenga raíces profundas en tu Iglesia y nunca me separe de ella.

Señor que mi fe se conozca por el amor y las obras. Señor Jesús que mi vida de fe dé frutos buenos para mis hermanos y quienes tú pongas en el camino de mi vida.

Dios les bendiga a todos.

Deja un comentario