Mensaje radial de Monseñor José Manuel García, Diócesis de Ciego de Ávila, del XXII domingo del Tiempo Ordinario, 3 de septiembre de 2023

Pienso que para entender el texto que hoy nos presenta la liturgia, es necesaria esta reflexión que le presento seguidamente.

Ya ha pasado algún tiempo desde que Jesús comenzó la vida llamada pública. Ha dejado su casa y ya ha realizado milagros. Ha curado enfermos, la gente lo sigue, se han reunido multitudes a escucharlo y en dos ocasiones Él ha alimentado a las gentes multiplicando panes y peces. Ha hablado mucho del Reino y ha dicho muchas otras cosas, algunas de las cuales con seguridad no se han entendido en profundidad o se han entendido mal. Llega el momento en que Jesús necesita saber qué han entendido todas esas personas. Si se dan cuenta de quién Él es realmente y por eso les pregunta a sus íntimos algo que Él considera vital. De todo lo que Él ha ido diciendo, qué conclusión, qué idea tienen las gentes de Él. Jesús no es un maestro de la ley, no es un sacerdote, pero las gentes, en especial los pobres, pecadores y marginados, se sienten en sintonía con Jesús. Él les habla con respeto, les da aliento, esperanza, se interesa por ellos. Entonces lanza la pregunta a los apóstoles, porque seguramente la gente comenta con ellos y les da su impresión sobre Jesús. Por eso Él quiere tener una idea y la respuesta que le dan va en la línea correcta, porque hablan de profetismo. Lo confunden incluso con algunos de los grandes profetas, como si hubieran vuelto a la vida, aunque no llegan a la esencia de quién sea Jesús realmente. Para Jesús saber esto es importante, pero más aún lo es el criterio que tienen ellos, que son sus íntimos, que lo acompañan y que incluso reciben explicaciones más extensas cuando están solos. Y por eso Jesús les pregunta más directamente a ellos qué piensan de Él.

En nombre de todos Simón, o sea Pedro, le responde con acierto, tú eres el Mesías, el hijo de Dios vivo. Es el momento en que Simón va a recibir el sobrenombre de Pedro y sabemos el alcance de ese nombre, porque Jesús le dice que sobre esta piedra, o sea sobre él, edificará su iglesia. Pero el alcance del significado de esa profesión de fe no lo ha descifrado ni Pedro ni los apóstoles y es por eso que necesitan escuchar de boca de Jesús lo que Él les va a decir sobre su condición de Mesías. Según lo dice Mateo, pasan unos días y Jesús comienza a hablar sobre la necesidad de inmolarse. Habla sobre todo, habla sobre todo el proceso que ciertamente va a vivir un tiempo después. Habla de la persecución, de lo que tendrá que sufrir y de su muerte. La reacción de Pedro es inmediata y está reflejando el sentir de todos ellos y nos da una idea de los despistados que estaban sobre la naturaleza del mesianismo. En sus mentes seguro estaba la idea de triunfar junto con Jesús, pero a lo humano. Como decimos a veces, las palabras de Jesús les caen como un cubo de agua fría. Lo que les dice Jesús es para ellos como una locura. Sienten que eso no puede ser así y entonces Pedro reacciona fuerte. Sin duda Pedro quería a Jesús y por eso piensa que hay que evitarle a Jesús toda esa carga de sufrimiento. Pero además a él y a los demás apóstoles se les cae por tierra algunas ilusiones que se habían hecho. Recordemos que la presencia de Roma era para ellos una vergüenza, un bochorno. Tener que soportar imposiciones del imperio, como la presencia de soldados, el impuesto que tenían que pagar, el no poder decidir sobre muchas cosas. Ellos junto con la mayoría del pueblo ansiaban verse libres de Roma. Y Jesús habla de liberación, pero del pecado, aunque habla de Reino.

Imagino que en ese momento pensarían y dirían, no entendemos por qué Jesús habla así con tanta fuerza, porque dirá Pedro que es Satanás. ¿Se habrá vuelto loco Jesús? Y para dar un tono más fuerte a lo que ha dicho, Jesús les dice que ellos también tendrán que sufrir. A ellos que habían hablado e incluso discutido sobre quiénes eran los más importantes en el Reino. En todo esto debemos recordar que no hay una sola palabra que indique que a Jesús le gusta el dolor y el sufrimiento. Lo que es cierto es que Jesús sí acepta las duras consecuencias que tendrá su fidelidad a la misión que le ha encomendado el Padre. Y Él sabe cuáles son. Nosotros debemos preguntarnos qué pensamos sobre Cristo y qué nos exige ser sus discípulos. En qué condición nos acercamos a Jesús y qué esperamos de Él. Seguro creemos que es Dios y por lo tanto lo puede todo. Y como lo puede todo, ¿por qué no nos quita toda la carga de sufrimiento que tenemos? Queremos éxito, triunfar en la vida, lograr nuestras aspiraciones, beneficios, pero no aceptamos con facilidad el esfuerzo que conlleva tratar de lograrlo.

Creo que para entender a Jesús debemos partir del hecho de que Él dedica su vida a cumplir la voluntad del Padre y esto implica buscarse problemas, ser malinterpretado, cuestionado, perseguido, juzgado y condenado. Él no es de los que se deleitan en el sufrimiento, sino que acepta el reto de buscar la vida para aquellos que el Padre le ha confiado y lo hace entregando su propia vida. Pensemos en cuánto bien queremos, ansiamos para los nuestros, pero aceptamos totalmente de corazón todo lo que implica. Tal parece que hoy Jesús nos pregunta de nuevo, ¿quieres ser mi discípulo? ¿Quieres caminar detrás de mí? ¿Te comprometes a aceptar todos los inconvenientes que se presenten en la vida, es decir, la cruz de cada día?

Entonces, si te comprometes, eres de verdad mi discípulo.

El Señor que los envía a anunciar el Evangelio los llene de su paz y de su amor y la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y los acompañe siempre. Amén.

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