Mensaje radial del Diácono Jiordanys Ríos Pulido, Diócesis de Ciego de Ávila, del XXIII domingo del Tiempo Ordinario, 10 de septiembre de 2023

Cuentan que existe una tribu en Sudáfrica que celebra el siguiente ritual para corregir la conducta criminal o antisocial de sus miembros. Si alguien de la comunidad actúa irresponsablemente, se le coloca en la plaza del pueblo. El trabajo cesa y todos los hombres, mujeres y niños forman un gran círculo alrededor del acusado. Y uno a uno, incluidos los niños, van diciendo las virtudes y todas las cosas buenas que el acusado ha realizado. No se puede ni mentir, ni exagerar, ni inventarse nada. Y no se puede decir ninguna cosa negativa del acusado. La ceremonia dura un par de días hasta que todos han tenido la oportunidad de contar sus bondades.

Al final el círculo se rompe, la fiesta comienza y la persona es acogida nuevamente en la comunidad. Imaginemos, hermanos, cómo nos sentiríamos cuando a pesar de ser culpables de una mala acción, nos trataran de este modo. Estoy seguro que saldríamos fortalecidos y animados a seguir viviendo las normas e ideales de esa comunidad. En nuestro caso, la comunidad cristiana. Ahora les pregunto, ¿este relato es un hecho real, palpable, visible en nuestras comunidades? ¿Es real en nuestra sociedad cubana, como pueblo, como Estado? La respuesta está en la palabra de Dios. En la Carta a los Romanos, San Pablo nos habla sobre la importancia del mandamiento del amor. El amor cristiano busca no solo no provocar el mal en el otro, sino hacer siempre el bien.

El que ama no se limita a no hacer daño a los otros, sino que procura activamente el bien y la felicidad de aquellos a los que ama. Ama a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo. Seamos sinceros con nosotros mismos y preguntémonos si en nuestra vida se cumple este mandamiento. El modelo de esta clase de amor es para nosotros el mismo Jesús, que amándonos hasta el extremo, dio la vida por cada uno de nosotros. Si hemos escuchado con atención, nos habremos dado cuenta de que la iniciativa para la superación de una ofensa no debe partir del que ofende, sino del ofendido.

Tristemente, no la entendemos de esta manera, o no nos conviene entender y lo vemos así. Si tu hermano te ofende, espera un poco y si te pide perdón, entonces perdónalo. No, Jesús no ha dicho esto, sino que Jesús dice que ante la ofensa no vale quedarse en silencio, ofendido y enfadado permanentemente. Esta actitud provoca entre el que ofende y el ofendido un malestar interminable y dejamos entrar poco a poco el mal en nuestros corazones, en nuestra sociedad. Debo ser yo, el ofendido, el que intente ponerme a bien con el que me ofende. Esta es la exigencia extrema del mandamiento de Jesús y donde nosotros nos quedamos gordos. El ofendido ha de salir al rescate de la parte ofensora. Esta por su parte, ha de reconocer su error y hacer caso a la corrección del ofendido.

Cuando somos ofendidos, nos cuesta acercarnos a nuestros ofensores, no sólo para perdonarlos, sino también para recuperarlos como personas. Hay por tanto que examinarse y saber que de una forma u otra todos pecamos, no somos perfectos y que todos hemos ofendido una que otra vez. Quien te ha ofendido recuerda que es tu hermano. La presencia de Jesús está asegurada en la iglesia y esta presencia debe ser para nosotros tanto un estímulo como un compromiso para poner un poco más de nuestra parte para intentar llevar a la práctica este mensaje de amor.

Por otra parte, hemos escuchado de labios de Jesús que cuando dos o tres se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará su Padre del Cielo. Cuando nos juntamos para pedir por algo o por alguien, Dios nos escucha mejor que cuando se lo pedimos de forma individual, y más aún cuando celebramos la Eucaristía de todos los domingos.

Por eso le pedimos al Señor en este día que siga dándonos fuerzas para comprender su mensaje que aunque nos parezca difícil de cumplir, con su ayuda todo lo podemos en Él.

Deja un comentario