Mensaje radial del P. Francisco Iturbe, OSA, Diócesis de Ciego de Ávila, del  XXIV domingo del Tiempo Ordinario, 17 de septiembre de 2023

En el evangelio de este domingo, Pedro, que ha escuchado muchas veces hablar a Jesús sobre el perdón, le pregunta: “¿Cuantas veces tengo que perdonar?” Y sintiéndose muy generoso, Pedro, dice que está dispuesto a perdonar hasta siete veces. La respuesta de Jesús desborda totalmente este planteamiento. La respuesta de Jesús a Pedro es rotunda: En el perdón no hay límites: «No te digo hasta siete veces sino hasta setenta veces siete». Perdonar siempre, en todo momento, de manera incondicional. Esta es la enseñanza de Jesús.

Y este es el tema sobre el que hoy la palabra de Dios nos invita a reflexionar. ¿Queremos de vedad ser discípulos y seguidores de Jesús? ¿Estamos dispuestos a perdonar, como Jesús nos enseña, y a perdonar de corazón “setenta veces siete”, es decir, siempre? ¿Es posible para nosotros hoy cumplir con este mandamiento de Jesús? ¿Tiene sentido, humanamente hablando perdonar a la persona o a la institución que nos hace daño, que nos injuria y nos ofende?

Es importante señalar que perdonar es humanamente muy difícil, si no imposible. El perdón que Jesús nos pide sólo es posible ofrecerlo de corazón y de manera incondicional si estamos guiados y fortalecidos por el Espíritu de amor que Él nos comunica. Sólo estaremos dispuestos a perdonar como nos manda Jesús si descubrimos los motivos que Él nos da para hacerlo.

Hemos escuchado en el evangelio la parábola del rey y de los dos siervos. Uno es perdonado de una gran deuda, pero, después, es incapaz de perdonar una deuda mínima a un compañero. Y este es el mensaje con el que Jesús concluye la parábola: ¿sólo podremos recibir el perdón de Dios si perdonamos de corazón a quien nos ha ofendido. ¡Dios, nos ha perdonado y siempre nos perdona!

Alguno podría objetar: ¿pero cuando perdonamos no estamos alentando la injusticia? Profundicemos en este tema del perdón con este mensaje del Papa Francisco: No se trata, dice el Papa, de proponer un perdón renunciando a los propios derechos ante un poderoso corrupto, ante un criminal o ante alguien que degrada nuestra dignidad. Estamos llamados a amar a todos, sin excepción, pero amar a un opresor no es consentir que siga siendo así; tampoco es hacerle pensar que lo que Él hace es aceptable. Al contrario, amarlo bien es buscar de distintas maneras que deje de oprimir, es quitarle ese poder que no sabe utilizar y que lo desfigura como ser humano. Perdonar no quiere decir permitir que sigan pisoteando la propia dignidad y la de los demás. Quien sufre la injusticia tiene que defender con fuerza sus derechos y los de su familia precisamente porque debe preservar la dignidad que se le ha dado, una dignidad que Dios ama.

Reconocemos que el camino que debemos recorrer para cumplir este mandamiento del perdón que nos pide Jesús no es fácil. No es fácil adoptar una postura serena y lúcida cuando nos toca vivir ante hechos violentos, cuando sufrimos situaciones provocadas por la injusticia institucional que afecta a todos colectivamente. Pero el camino a recorrer nunca será el de la violencia, ni el del odio o la venganza. Sólo el amor al estilo que Jesús nos enseña es capaz de transformar estructuras y personas.

Vivimos momentos difíciles en los que nos encontramos ante situaciones graves donde se pone a prueba nuestra capacidad de perdonar, pero les invito a reconocer que nos encontraremos también, y tenemos que aprender a perdonar, en las situaciones normales de cada día: en la vida de pareja, en el trabajo, entre parientes, entre amigos y conocidos. En esas ocasiones, cuando nos sentimos afectados personalmente por la ofensa de personas concretas ¿cómo debemos proceder? Es sano y normal reconocer y asumir la cólera y el malestar interior que sentimos en esos momentos. Pero luego, es el momento de serenarnos y tomar la decisión de no seguir alimentando el resentimiento, ni las fantasías de venganza, para no añadir todavía más mal ni hacernos nosotros mismo más daño. Es entonces cuando necesitamos iniciar el camino que Jesús nos muestra con su Palabra y con su ejemplo. Es el momento de orar y renovar nuestra fe en Dios, el Padre misericordioso que nos ama y nos perdona. Sentiremos entonces un estímulo y una fuerza inestimable. El perdón que ofreceremos en nuestro corazón y que proyectaremos hacia la persona que nos ha ofendido es posible cuando se la pedimos a Dios con fe y con humildad. Cuando uno vive del amor incondicional de Dios le resulta más fácil perdonar. El perdón que ofrecemos a quien nos ha ofendido es un camino de liberación interior.

Para comprende mejor este mensaje del perdón ponemos de nuevo nuestra mirada en Jesús y nos fijamos como fue que Él actuó. Jesús señaló de forma muy clara y comprometida la maldad y la hipocresía de los dirigentes religiosos y de los políticos de su tiempo. Sepulcros blanqueados, hipócritas, los llamó. Frente al odio que ellos manifestaban contra Jesús, Él mantiene el mensaje central de su predicación que anuncia la llegada del Reino de Dios. La fuerza del evangelio de Jesús no está en responder con odio a quien nos ofenden. Jesús nos enseña la fuerza del amor y del perdón. Esto es lo que nos pide y esto es lo que nos enseñó: que nos amemos unos a otros como él nos ha amado.

Recordamos de nuevo la respuesta de Jesús a Pedro: Tenemos que perdonar no siete veces sino setenta veces siete. El amor de Dios, que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo desde nuestro bautismo, nos permite amar y perdonar como Dios nos ama y nos perdona. El amor y el perdón nos hacen libres.

Termino con este mensaje de San Agustín: De una vez por todas te voy a dar un breve precepto: ama, y haz lo que quieras; si guardas silencio, guárdalo por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor: que la raíz del amor esté siempre dentro de tu corazón; de esta raíz sólo podrá salir el bien. (Com. in Epist. Jo. 7,8).

Deja un comentario