Queridos hijos e hijas les habla su Obispo, Mons. Juan de Dios, Obispo de esta diócesis vueltabajera.
Hoy el Señor nos habla a través de una parábola. Los elementos (viña, propietario, jornalero) no necesitan gran explicación.
Había mucha necesidad en la viña y este señor pasó casi todo el tiempo yendo por las calles y las plazas del pueblo buscando trabajadores. Al respecto, ha invitado a pensar en los que buscó a última hora, nadie les había llamado, quién sabe cómo podían sentirse, porque al final del día no habrían llevado a casa nada para dar de comer a los hijos. Por esta razón, el Santo Padre ha dicho que esta parábola es un buen ejemplo para los responsables de la pastoral.
¿Quién dice que ya no hay trabajo? Jesucristo, en esta parábola, viene a ofrecernos uno: el trabajo por su viña, por su Iglesia. Y será pagado con la vida eterna.
La segunda parte de la historia rompe nuestros esquemas y los del tiempo en que fue escrita: ¿Cómo puede ser así? Los que respondieron pronto y madrugaron y los que fueron al final del día, cuando el sol ya declinaba recibieron la misma paga. La generosidad que derrocha Dios llama la atención y sorprende. El mismo propietario cuestiona nuestras visiones estrechas y egoístas. Nos abre la perspectiva del reino.
Es necesario ver cuánta necesidad hay en el mundo. No sólo en las misiones, también en nuestra ciudad, en nuestra parroquia, quizás también en nuestra propia familia. Porque a unos les falta el pan y a otros el alimento espiritual, que es la Palabra de Dios. ¡Qué importa la edad o los medios que tengamos! Cada uno tiene una vocación muy concreta que Dios le ha regalado, una misión insustituible. ¿Cuál es la mía? Mi primera misión es la de ser cristiano, por algo estoy bautizado. Y un cristiano lo es en la medida que da testimonio con su vida.
¿Hay otras maneras de trabajar en la viña del Señor? Desde luego: la oración, el consejo acertado, la ayuda económica, etc. Hay que echarle un poco de imaginación, y seguro que encontraremos un apostolado que nos venga a la medida. Y si no, pregúntale a tu párroco.
Cristo te necesita. Necesita tus manos, tu inteligencia, tu servicio para hacer algo por los demás. Decídete a ser un apóstol y prepárate para el premio de la vida eterna.
Señor, abre nuestros corazones a tu gracia. Que respondamos con presteza a tu llamada que ya es signo inequívoco de tu amor. Que trabajemos, que nos esforcemos con las demás en las tareas de tu reino. Que nos alegremos con la alegría de los otros. Que nos midamos según nuestros cortos criterios, sino desde tu desbordante bondad que a todos acoge y regala. Haz que la Iglesia sea el recinto (la viña) donde todos seamos recibidos y tenidos en cuenta.
Que María de la Caridad nos acompañe siempre.
