Mensaje radial del P. José Rolando García, OSA, Diócesis de Ciego de Ávila, del  XXVI domingo del Tiempo Ordinario, 1 e octubre de 2023

El Evangelio de este domingo, 26 del tiempo ordinario, nos invita a revisar nuestro nivel de compromiso, o mejor, de conversión. Jesús ha entrado triunfante en Jerusalén y no ha pasado mucho tiempo hasta que ha tenido lugar un fuerte encontronazo con las autoridades religiosas y civiles, que eran los referentes morales del pueblo. En esta ocasión les plantea la parábola de los dos hijos, en la que un padre envía a sus dos hijos a trabajar en la viña y uno le dice que sí, pero no va, y el otro, aunque dice que no irá, se arrepiente y termina yendo. Hace que los dirigentes se reflejen en estos personajes y les hace ver cómo los publicanos y prostitutas son como el hijo que dijo no, pero al final fue a la viña, ya que ellos cambiaron de vida y se convirtieron con la predicación de Juan Bautista. Mientras que los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo supuestamente dicen que sí al Señor con todo su cumplimiento y conocimiento de la ley, pero luego están muy lejos de cumplir con el espíritu de lo que pretenden dichas leyes y ritos en su vida diaria. Son por tanto como sepulcros blanqueados.

Esta parábola podría perfectamente dirigirse a nosotros hoy, ya que constantemente debemos revisar si lo que le decimos a Dios se corresponde con lo que hacemos en nuestro hogar. Quizá a nosotros nos pase un poco como a los sumos sacerdotes y nos pensemos que por cumplir con nuestros ritos litúrgicos, estar bautizados, incluso nos acercamos a la comunión en cada eucaristía, ya hemos dicho que sí al Señor, pero en realidad nos precederán quienes tambaleantes se acercan al Señor con su vida desordenada, pero con un espíritu de conversión en marcha que les lleva a construir el Reino de Dios a cada paso. Pueda que estos segundos, que parecen haber dicho que no a Dios, nos estén llevando a la delantera. Hoy día, más que nunca, se hace muy necesario ajustar el decir al obrar. Vivimos en un mundo de la información, donde importa más lo que vean en las redes los demás de mí que lo que yo soy realmente.

Quizá debamos dejarnos de tantos mensajes con aménes y aleluyas reenviados por redes y se imponga vivir de verdad la fe en la vida real, con las personas reales con las que nos cruzamos en nuestro vivir diario. La hipocresía es habitual en mucha gente que anda cerca de los temas de religión. Nos acostumbramos a dar un aspecto de aceptación, pero luego hacemos lo que queremos. Como esas personas que claman por la justicia social y por la liberación de los oprimidos, y en su actividad trabajan mal o roban, la hipocresía florece, precisamente, entre los que están cerca de la virtud, pero no la entienden por haber caído en la rutina o por soberbia de pensar que no necesitan conversión. Debemos predicar con el ejemplo, pero ante todo tener mucha humildad. Así nos lo recuerda San Pablo en el himno cristológico de la Carta a los Filipenses. Jesús se anonadó, se despojó de su rango y se sometió a una muerte de Cruz. El símbolo del cristianismo significa entrega y victoria, pero en tiempo de los hermanos era un signo de humillación donde se condenaba a los peores delincuentes. Dejaos guiar por la humildad, nos dice San Pablo.

Delante de Dios una persona no se define por lo que dice, ni por lo que niega, sino por lo que vive. La respuesta real no es la que dicen los labios, sino la que dice su vida. Cada uno de nosotros estamos representados en uno de los dos hijos de la parábola, o tal vez tenemos algo de los dos, del sí pero no, tenemos que recitamos y creemos el Credo, venimos a Misa, confesamos y comulgamos, este es nuestro sí a Dios. Pero, como se suele decir, obras son amores y no buenas razones.

¿No nos convendría cada uno de nosotros preguntarnos si esa fe y esa práctica de los sacramentos son fuente de energía para nuestra vida ordinaria y se reflejan en ella? ¿De qué nos vale creer que Dios es Padre de todos si vivimos desunidos o no nos preocupamos de las necesidades de nuestros hermanos? ¿De qué nos sirve creer en la vida eterna si estamos aferrados con uñas y dientes a este mundo, al dinero, al bienestar, a pasarlo bien, a la salud, como si todo esto fuese eterno? ¿De qué nos sirve confesar que Jesús ha dado su vida por mí, si jamás me he preguntado en serio qué debo hacer yo por Cristo crucificado? Todo esto es nuestro no, cuando previamente habíamos dicho sí. Del otro hijo, aquel del no pero sí, tenemos tal vez más.

Todos sentimos la dificultad para ponernos en camino, pero al final caemos en la cuenta de que no podemos estar mano sobre mano y que el Señor no dijo en broma lo de que su mandamiento es que nos preocupemos unos por otros y cuando esto sucede empezamos a decir sí a Dios, aunque nos haya costado hacerlo. Dios prefiere este sí atormentado al sí decidido y palabrero del otro hijo. Dios es muy humano, sabe esperar nuestro sí, admite dilaciones, no se escandaliza de nuestras debilidades y siempre nos espera, aunque le hayamos dicho de entrada no.

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