Este domingo se proclama la parábola del banquete nupcial que está directamente relacionada con el tema del domingo pasado “los viñadores homicidas”. Ambas están en el contexto de la postura de rechazo a Jesús de los líderes religiosos, sumos sacerdotes y notables del pueblo que se consideran conocedores de la ley y fieles cumplidores ante Dios. Son ellos quienes directamente rechazan a Jesús, su mensaje y el Reino de Dios como puesta en práctica del mismo. En estas parábolas está la respuesta de Jesús ante cuestiones fundamentales: el rechazo de las autoridades religiosas, la apertura de la salvación a todos los pueblos y en definitiva la aceptación de su persona como el Cristo, el Hijo de Dios, con todo lo que conlleva como único Señor.
Más allá de este contexto, la Palabra de Dios nos sitúa hoy a cada uno de nosotros ante estas cuestiones: ¿cómo de firme es mi aceptación del mensaje de Jesús para mi vida? ¿Me auto excluyo de la salvación al hacer oídos sordos y no acoger el Reino de Dios?
La parábola del banquete nupcial tiene dos partes: los invitados al banquete y el comensal sin traje apropiado.
Expresa la reacción entre Dios y sus invitados, entre los cuales hay dos categorías: Los primeros son supuestamente “gente de bien”, pero son los invitados que se auto excluyen del banquete por buscar y pretender sus intereses personales de beneficio y poder por encima de lo que Dios les ofrece: son dueños de campos y negocios que llegan a ser asesinos. No son dignos de entrar en el reino porque han rechazado la propuesta de Dios. Los segundos, gente corriente, malos y buenos, están en los cruces del camino. La sala que se había preparado que es el banquete que representa la salvación, se llena de estos inesperados nuevos comensales. Al inicio no fueron los primeros invitados, pero han acogido con gozo la invitación y han aceptado venir al banquete del Reino y son bienvenidos. “Son muchos los invitados y pocos los elegidos”.
Jesús entendió su vida como una gran invitación en nombre de Dios. Sin imposiciones anunciaba la buena noticia de Dios, despertaba la confianza en el Padre, descargaba los miedos y encendía la alegría y el deseo de Dios.
Jesús anuncia y pone en práctica una nueva humanidad, fraterna, que comparte la vida como en una gran familia convocada por el Padre a sentarse juntos a una misma mesa. A todos llega esta invitación pero muchos no están dispuestos a aceptarla.
Son muchos los que no quieren. Algunos de manera consciente y otros no hacen caso. Incluso son hostiles, violentos, asesinos que se oponen frontalmente a este proyecto divino.
Ser cristianos supone aceptar el Reino de Dios con todo lo que conlleva. Esta oferta de Dios puede ser rechazada, es quien se auto excluye y vive encerrado en sí mismo, en sus intereses y beneficios, alejados y sordos a la voz de Dios y su Reino.
Dios sigue invitando con el firme propósito de ofrecer su salvación a todo aquel que desea aceptarla y participar de su amor y vida. Cada uno de nosotros estamos invitados a este banquete que es la salvación que proviene de Dios.
Hay una breve segunda parte de la parábola donde encontramos al rey que recorre el banquete y que va tratando invitado por invitado. Viene a mostrarnos que no de cualquier manera se está en este banquete. Aquí está la clave del juicio a cada uno de los invitados al banquete y en este sentido está la referencia al traje de fiesta. La salvación y la participación en el Reino de Dios no es simplemente una proclamar con los labios “Señor, Señor”. Hay una exigencia en la actitud de quien participa, una exigencia de “revestirse” con el traje de gala que supone saberse hijo de Dios. Como en el banquete del hijo pródigo cuando el Padre le confiere a su hijo túnica nueva, anillo y sandalia evidenciando su condición de hijo aquí entrar en el banquete conlleva saberse dignamente invitado y corresponder propiamente a esta valiosa invitación. Es una llamada a la responsabilidad de valorar el gran don de ser invitados al banquete. Para entrar en él y participar, hace falta estar revestido del estilo de vida de los que aceptan las enseñanzas de Jesús, y llevan a la práctica las exigencias del amor de su Evangelio.
Te bendecimos Padre, con los pobres de la tierra porque nos reservaste un puesto de honor en la vida y en la mesa abierta y fraternal del banquete de tu Reino, donde el cuerpo de Cristo es nuestro pan familiar.
Bendito seas Señor, por Jesucristo tu Hijo, que es el novio de tus bodas con la humanidad y la Iglesia. Líbranos de la locura de rechazar tu invitación con las ridículas excusas de nuestro egoísmo e insolidaridad.
Revestirnos de la condición nueva de nuestro bautismo, como hombres y mujeres nacidos en Cristo por el Espíritu para ser dignos de sentarnos a tu mesa para siempre. Amén
Dios les bendiga.
