En el Antiguo Testamento se nos relata el encuentro de Moisés con Dios en el monte Sinaí, donde el Todopoderoso le entrega las Tablas de la Ley con los Diez Mandamientos. El pueblo, liberado de la esclavitud del Faraón, desesperanzado por la ausencia de Moisés, se fabricó un falso dios, el becerro de oro, al cual comenzó a adorarlo. Esta práctica de adorar a falsos dioses ha acompañado a los pueblos a lo largo de la historia, cuando se han alejado de Dios y de los mandamientos. Amar a Dios por sobre todas las cosas ha sido el mandamiento divino y primero de la Tabla de la Ley, que, junto al amor al prójimo, como a uno mismo, han sido sostén de la fe y esperanza del pueblo.
Este pueblo, elegido por Dios, llega a las tierras prometidas, la tierra que emana leche y miel. Este pueblo, en el año 63 a.C., es conquistado y gobernado con manos de hierro por el Imperio Romano. Jerusalén es saqueada y explotada por este imperio. Sus hijos, sufrientes, esperan la llegada del Mesías, prometido por los profetas, con la esperanza de liberarse de aquellos males, abusos y extorsiones. Ante esta situación, muchos gobernantes, por su gran poder, llegaron a creerse dioses y regidores de los destinos del pueblo. En sintonía con ello, hombres y mujeres llegaron a confiar y entregar toda la autoridad a estos falsos dioses, que tenían el objetivo de extraer la savia del pueblo.
Este tiempo de espera es de gran actividad en Jerusalén, y la corrupción como gran mal social se apropia de las autoridades y crea todo un complejo de impuestos en especies y en monedas, esta última conocida como la moneda del tributo, que por una de sus caras tenía una inscripción y por la otra la imagen del César. Moneda que respondía a todo un estado cambiario, ocasionando miseria, escasez y sufrimiento de la población mayoritaria, la cual vivía esta humillación. En este escenario, Jesús, Hijo de Dios, comienza su actividad pública alrededor del año treinta de su nacimiento, y con ella denuncia todo lo que contribuía a la agonía de su pueblo, por lo que se convierte en piedra en el zapato de las autoridades romanas, las cuales trataban de buscar un motivo para acusarlo.
En el Evangelio de hoy, domingo 29 del Tiempo Ordinario, podemos encontrar cómo los fariseos traman, con una pregunta para ellos considerada clave, hacer caer a Jesús y tener motivo para acusarlo. ¿Es lícito no pagar el tributo al César? Esperando que Jesús respondiera de manera negativa, pide que le muestren la moneda del tributo, y respondió, ¿de quién es esta imagen y esta inscripción? Del César le respondieron, pues, den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.
El Señor Jesús separa las dos grandes responsabilidades sociales. La primera: obediencia al pago de impuestos, a pesar de ser injusto y distorsionado. La segunda: la obediencia a Dios por sobre todas las cosas. En Cuba hoy se nos presenta esta disyuntiva, el pago de tributos al Estado, y dar a Dios lo que es de Dios. A ese Dios que nunca abandona sus hijos. A ese Dios que es el mismo ayer, hoy y siempre. A ese Dios que siempre está presente en nuestras alegrías y tristezas, en nuestras esperanzas y desesperanzas. ¿Le damos a Dios hoy lo que es de Dios? ¿Le damos como correspondencia a su amor: fidelidad y entrega? ¿A ese Dios que entregó su Hijo a la muerte y una muerte de cruz para la salvación de los hombres? De Dios recibimos todo lo que somos y todo lo que tenemos. Él es el protagonista de nuestra historia social y personal. Nosotros somos herederos de su proyecto divino. Todos somos hijos del mismo Padre.
Oremos, hermanos, para que Dios nos dé la fe que tanto necesitamos para darle a Dios lo que es de Dios, que siempre será lícito corresponder a su amor. Y la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes los acompaña siempre.
Amén.
