Queridos hijos e hijas les habla su Obispo, Mons. Juan de Dios. Como siempre es un placer poder encontrarnos.
El Evangelio de hoy nos recuerda que toda la Ley divina se resume en el amor a Dios y al prójimo. Jesús añade algo que no había sido solicitado por el doctor de la ley: Dice de hecho: ‘El segundo, después, es similar a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Tampoco este segundo mandamiento es inventado por Jesús, pues lo toma del Libro del Levítico. La novedad consiste justamente en poner juntos estos dos mandamientos –el amor de Dios y el amor por el prójimo– revelando que estos son inseparables y complementarios, son dos caras de una misma medalla. No se puede amar a Dios sin amar al prójimo, y no se puede amar al prójimo sin amar a Dios. (S.S. Francisco, Ángelus, 26 de octubre de 2014, en Santa Marta). El corazón de la ley está en el amor profundo y sincero a Dios y al prójimo. Mateo destaca que de estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas, es decir, que en esos se condensa toda la revelación divina sobre la conducta humana. Llevando a plenitud este mandato, Jesús pedirá a sus discípulos “que se amen los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 15, 12).
Lo único que cuenta es el amor. Un amor a Dios que se manifiesta en la entrega a cada persona, al pobre. Ama a Dios quien se preocupa de que el ser humano viva. La gloria de Dios no está en cumplir con el sábado, ni en la pureza ritual, ni en el pago de los diezmos, ni en el culto. Hoy puede ser un buen día para preguntarnos cómo amo a Dios, qué nombres llevo escritos en mi corazón, cómo voy a seguir amando y a quiénes…
Otro punto importante es la forma en que Jesús nos pide que amemos: «Como a ti mismo». Es interesante darnos cuenta que Jesús nos pide amar al prójimo como a nosotros. ¿Qué es lo que podemos aprender de esto? No es casualidad sino algo muy importante. En el orden de estos mandamientos está la paz y la libertad. Lo primero es amar a Dios, pero para amar a Dios hay que darse cuenta de todo el amor que hemos recibido de Él. El Papa Benedicto XVI nos decía que el ser cristiano nace de una experiencia profunda. Es necesario aprender a ver la propia vida e historia como un regalo de un Dios, que es Padre, Hermano y Amigo.
Sólo cuando uno se da cuenta del amor recibido y del cariño con el cual lo ve Dios, cuando uno se da cuenta que Dios es un Ser personal que nos ama tal cual somos, es cuando todo cambia. Cuando sentimos que alguien nos mira con amor, nuestra vida da un giro de 180º.
Al mismo tiempo, al sentirme amado me doy cuenta que soy un regalo para los demás, que mi historia, con sus más y con sus menos, es un camino marcado por el amor. En fin, que mi historia y todo lo que soy es algo amable, es algo que he de valorar y he de mirar con alegría. Dios me ha creado, me ha formado, me ha mandado a una familia… Es en este momento cuando entiendo que todo lo que soy, con toda mi historia, es un tesoro, del mismo modo el otro es un tesoro para mí, es un regalo. En una palabra, es mi hermano. A veces podrá tener muchos defectos, pero es mi hermano y lo amo. Somos hijos del mismo Padre y hemos sido llevados de la mano con todo el amor. Cuando hago la experiencia de un Dios Padre y del prójimo como hermano, alcanzo la paz.
Hemos oído miles de veces y tenemos archisabido que «el primer mandamiento es amar a Dios sobre todas las cosas”, y pensamos que de verdad lo amamos, aunque nuestras obras desdigan lo que afirman nuestras palabras. Pero el amor hay que demostrarlo más con nuestros comportamientos que con buenos deseos o sentimientos. «Obras son amores –reza el refrán popular–, y no buenas razones».
A tus pies, Señor, hoy quiero escuchar tus palabras como buena noticia y dejar que me calen, que me interroguen, que me den luz y pautas para el camino. Gracias porque nos amas y quieres que ese amor desborde en nosotros hacia cada uno de nuestros hermanos.
Que María de la Caridad nos acompañe siempre.
